martes, abril 08, 2014

Diseño de Armas

El día de hoy se propone el diseño de mi autoria sobre las armas de mi amigo Fernando Martínez Larrañaga, magnifico heraldista.


jueves, marzo 27, 2014

Palacio de los Condes del Valle de Orizaba

Título nobiliario español creado por Real Decreto el 14 de febrero de 1627 y Real Despacho de 29 de marzo del mismo año, por el rey Felipe IV, a favor de Rodrigo de Vivero Aberrucia, Vizconde de San Miguel, señor de Tecamachalco (en Nueva España), Capitán General de las Islas Filipinas y de Nueva Vizcaya.


Ubicada en la antigua calle de San Francisco, hoy Francisco I. Madero, frente al acceso del Convento Grande de San Francisco se localiza la conocida “Casa de los Azulejos”, si bien ya hemos platicado de este lugar en una entrada anterior, es importante incluirla dentro de la recopilación de los palacios y casas señoriales que hemos venido haciendo.

Perteneciente a don Daniel Martínez, esta propiedad fue adquirida por Diego Suárez de Peredo en 1596, cuya hija contrajo matrimonio con Luis de Vivero, Segundo Conde del Valle de Orizaba. El edificio actual data de 1737, fecha en que fue reconstruido por la Quinta Condesa del Valle de Orizaba, quien había vivido durante varios años en la ciudad de Puebla de los Ángeles, motivo por el cual, probablemente decidió recubrir su casa con azulejos, característica de la arquitectura poblana del virreinato.


Por los títulos nobiliarios que ostentaba la familia, la casa debió contar originalmente con los espacios propios de un gran palacio, como: el Salón del Dosel o del Trono, el Salón del Estrado y una Capilla Doméstica, además del Salón de la Asistencia, las habitaciones, el comedor, el repostero, la despensa, la cocina, los cuartos de servicio, las letrinas, los placeres, etc.


De acuerdo con un inventario de bienes que decoraban la casa en 1740, en ella se encontraban numerosas pinturas, muebles finos provenientes de oriente, Europa y México, candiles, jarrones, objetos diversos realizados en plata, porcelana china y cerámica poblana, espejos, textiles, objetos de cristal y libros entre otros costosos objetos. Y en un avalúo realizado en 1871, se detalla que la casa estaba compuesta de tres niveles y dos patios, que el acceso principal se realizaba por la calle de San Francisco y que en los bajos se encontraban el amplio zaguán, accesorias al frente y el patio principal con una fuente. Menciona también que en el patio posterior se localizaban los lavaderos, siete cuartos, cochera, caballeriza y tres fuentes.


Recién consumada la Independencia de México, para el 27 de septiembre del año de 1821, en que se realiza la entrada truinfal a la Ciudad de México en la todavía llamada Calle de San Francisco por parte del Ejército Trigarante al mando de Agustín de Iturbide, es levantado un arco del truinfo engalanado con flores, guirnaldas y alegorías pintadas en los soportes de dicho arco que representaban al nuevo gobierno, cuya hechura y detalles fueron elborados por artesanos de la ciudad. En ese momento se le hizo la entrega de las llaves doradas de la ciudad a Agustín de Iturbide por parte del Ayuntamiento. Tal memorable suceso fue plasmado en la acuarela titulada como la Entrada del ejército Trigarante a México, de autor anónimo. A la derecha de la obra, aparece la Casa de los Azulejos, cuyos balcones lucen engalanados por terciopelos de color carmesí.


Poco tiempo después, con la abdicación de Iturbide, los títulos Condales así como demás títulos nobiliarios que fueron otorgados por el Rey de España fueron suprimidos, por lo cual los escudos nobiliarios de las fachadas fueron borrados de los palacios y las casonas señoriales de México, y en el caso de la Casa de los Azulejos no fue la excepción.

Uno de los sucesos que acontecieron en ésta casa y marcó una tragedia en sus habitantes, fue el asesinato del ex-Conde Andrés Diego Suárez de Peredo, descendiente de Don Rodrigo de Vivero a manos del Oficial Manuel Palacios, ocurrido al bajar las escaleras del patio del palacio. Tal crimen sucedió durante el Motín de la Acordada, cuando se desató el saqueo en la ciudad. Los hechos refieren a una venganza por parte de Manuel Palacios en contra del ex-Conde, quien se oponía a que Palacios tuviera una relación formal con una joven de la familia. El Oficial, una vez encontrado culpable del crimen fue sentenciado a garrote vil, ejecutándose frente a la llamada Plaza de Guardiola.


La casa continuó en manos de los descendientes del Conde hasta el año de 1871, que fue habitada por la última descendiente del título del Condado del Valle de orizaba, también en ese año se decide ponerla en venta, siendo adquirida por un abogado de apellido Martínez de la Torre, el cual fue el dueño de la propiedad tan solo por seis años debido a su muerte, por lo cual el palacio es puesto en venta de nuevo pasando a manos de la familia Yturbe Idaroff, quienes fueron los últimos habitantes en darle un uso residencial al palacio.


Don Felipe de Yturbe y del Villar, deja la propiedad a su primogénito Don Francisco-Sergio de Yturbe e Idaroff, éste realiza los trabajos de readaptación del inmueble durante la apertura de la Calle Cinco de Mayo, por lo cual la parte Norte del edificio se reduce en unos veinte metros, y en el trabajo de sus respectivas fachadas se ordena cubrir con azulejos y labrado de cantera en las molduras de las ventanas, imitando el diseño original de la Calle Francisco I. Madero.

El palacio perteneció a la familia Yturbe desde el año de 1878, pero todavía lo habitó hasta el año de 1881, cuando la ofrecieron en renta, pasando a formar la sede del Jockey Club de México, uno de los varios centros de reunión más exclusivos de la élite porfiriana, quien decidió ocupar tan imponente palacio en una de las avenidas más afrancesadas de la capital, que también comenzaba a transformarse. 



martes, marzo 25, 2014

3º FESTIVAL MEDIEVAL en la Marquesa, Estado de México

Bien dice, y con mucha razón, el Doctor Don José María Montells en su aportación para este blog: "los únicos iberoamericanos [los mexicanos] que se permitían criticar a España en presencia de un español”. No hay duda de que los mexicanos tienen un mucho de españoles. Y viceversa."

Comienzo así la entrada que se propone el día de hoy porque hablare de un evento del que se tiene poco conocimiento, y que a mi parecer, recién va tomando cierto poder de convocatoria en un México, donde a pesar del gusto, afición e ilusión del medievo, muy pocas personas y actividades se atreven a externarlo, es por eso que hoy vengo a difundir el 3º FESTIVAL MEDIEVAL, que se llevara a cabo en la Marquesa, Estado de México.

Me hace ilusión pensar que el evento pueda llegar a estar a la par de otras ferias medievales como las de Hita o la de Teruel ambas en España, o Nimega en los Países Bajos, o ya sea como la de Sedan o bien el de Peyrepertuse (ambos en Francia), de cualquier modo haré todo lo posible por asistir y ya les contare como me fue.

Aquí la información del evento extraída de su propia web:

3º FESTIVAL MEDIEVAL
Viernes 4, Sábado 5 y Domingo 6 de Abril del 2014 (3 Días)
De las 10:00 a las 20:00 Hrs.

Éste es un evento que busca recrear la época de la edad media, es un festival diseñado para disfrutar del lugar, el bosque, las actividades, los espectáculos, caballeros, combates, música, juglares, danzas, princesas, justas a caballo, aldeanos, malabares, vikingos, noche medieval, campamento con fogata, comida, cena, arquería, cetrería, torneos para chicos y grandes, juegos dinámicos, mercadillo medieval, taberna, el convivio y el arte medieval en su máxima expresión, en el bello marco en la Marquesa en el Valle de las Monjas, Entrar por el Valle Miguel Hidalgo. Edo. de México.

Asistirás a los más insólitos duelos, combates y desafíos que te transportaran a la apasionante época medieval pues Los caballeros combatirán en los torneos y justas, cuerpo a cuerpo con honor y nobleza, en busca de obtener la victoria, pues un solo caballero será el vencedor.

El evento cuenta con: Zona de Campamento segura, zona de estacionamiento, sanitarios, vigilancia, seguridad privada, zona de justas a caballo, zona del mercadillo, zona de pabellones medievales, escenario principal, juegos para niños y adultos, zona de comida, mesas y sillas. 

Dato: No hay regaderas, si deseas acampar  lleva tu tienda de campamento. La bebida alcohólica se venderá únicamente a mayores de edad con credencial de elector.  El evento es familiar, los Padres de familia se hacen responsables por sus hijos. 

El programa:




La web: http://www.mundomedieval.com.mx/festivalmedieval/

lunes, marzo 24, 2014

Investidura 2013 de la Real Maestranza de Mérida

Estos últimos días para México Heráldico han sido días de actualización y de ponernos al corriente, sin mayor justificación redacto estas ultimas entradas con el propósito de darle continuidad a este blog. 

Es por eso que el día de hoy se comparten las fotos del día 14 de diciembre de 2013, fecha en la que  tuvo lugar la XXVI Ceremonia de Investidura de los nuevos Caballeros y Damas Maestrantes, que ingresaron a lo largo del año pasado.

En esta ocasión la solemne ceremonia se llevó a cabo en la Iglesia de Santa María de La Alhambra, en Granada, España.

El acto estuvo organizado por los Caballeros y Damas Maestrantes del Bailiato Territorial de España-Sur, dirigidos por el Excmo. Sr. Don Francisco Rodríguez Aguado, Duque del Cañaveral.

 

 

 

 

viernes, marzo 21, 2014

Palacio de los Condes de San Mateo de Valparaíso


Título concedido el 14 de Agosto de 1727 por Felipe V a D. Fernando de la Campa Cos y de Cos, Alcalde de Zacatecas en Nueva España y  Caballero de la Orden de Alcántara.


Se localiza Isabel la Católica 44 y Venustiano Carranza, con cuatro siglos de existencia aproximadamente, este edificio ha adquirido mucha relevancia como un testigo mudo del transcurrir del tiempo, siendo una muestra de la transición entre la época prehispánica, el periodo colonial y el México contemporáneo. Por estos motivos, el inmueble llama la atención de quienes están de paseo por la Ciudad de México y visitan el Centro Histórico.


La Casa de los Condes de San Mateo Valparaíso fue instalada en un predio que en el siglo XVI  que fue concedido en el siglo XVI por el conquistador Hernán Cortés a Alonso Nortes, quien lo vendió más tarde a Juan Cermeño, quien se encargó de darle forma a una peculiar estructura que semejaba una fortaleza de piedra edificada con materiales extraídos de construcciones precolombinas. A partir de su construcción, el inmueble fue cedido a diversos propietarios, hasta que en el siglo XVII su historia de esplendor inicia cuando la propiedad llega a manos del acaudalado caballero José Miguel de Berrio y Zaldívar, marqués del Jaral, y su esposa, Ana María de la Campa y Cos, condesa de San Mateo de Valparaíso, quienes deciden edificar un verdadero palacio. Encomiendan la obra al arquitecto Francisco Antonio de Guerrero y Torres, arquitecto de origen español que se hizo famoso por su trabajo en el Palacio de Iturbide y la Capilla del Pocito, quien inicia la nueva construcción el 5 de diciembre de 1769 y la concluye el 9 de mayo de 1772, por lo cual era de esperarse que se obtuvieran excelentes resultados.


Dichos condes Tenían haciendas de Zacatecas (siendo la Hacienda principal la de San Mateo Valparaíso, Zacatecas), Guanajuato, Querétaro, Estado de México y casas en el D.F., tenían ganado, rastro y carnicería, tenían todo el proceso de la carne, lo que les permitía tener recursos cuantiosos, además de que como personaje fue benefactor de muchas obras de la iglesia de San Bernardo, el Colegio de las Vizcaínas, y tenía un cargo público dentro de la Casa de Moneda.

Este bello edificio colonial barroco fue ocupado como residencia señorial por más de 100 años, primero por sus constructores y luego por sus descendientes, doña Guadalupe Moncada de Fernández de Córdoba y don Manuel Fernández de Córdoba Moncada. Cuando se extinguió este mayorazgo, en 1867, la finca fue adjudicada a don Clemente Sanz. Más tarde pasó a su hija Dolores Sanz de Lavié, quien en abril de 1882 la vendió en 135 mil pesos, para oficina principal del recién fundado Banco Nacional Mexicano.

Hechas las reparaciones y trabajos de acondicionamiento para su nuevo uso, que importaron 53 mil 500 pesos, la institución pasó a ocuparla en julio de 1883. 11 meses más tarde, el 2 de junio de 1884, dicho banco y el Banco Mercantil Mexicano se fusionaron para construir el Banco Nacional de México, propietario desde entonces de esta obra maestra, cuyos méritos artísticos determinaron se le declarase monumento nacional.


De este modo, el inmueble tuvo que ser adaptado, por lo que el arquitecto Lorenzo Hidelsa se encargó de hacer leves modificaciones que involucraban la planta baja y el entresuelo, dando paso a un solo nivel en el que se albergaron oficinas destinadas a la actividad mercantil; como resultado, se conservó casi intacta la estructura arquitectónica, por lo cual, el 25 de febrero de 1932, este edificio fue considerado como un Monumento Artístico.

Sobre la arquitectura nos dice el historiador Bátiz Vázquez, el edificio tiene una elegante y sobria fachada compuesta de pilastras, o sea columnas cuadradas, adornadas de recuadros hundidos, bordeados de molduras ondulantes. Un cornisón divide sus dos pisos y da sustento a los balcones. Las pilastras sostienen la cornisa del palacio, que tiene friso convexo, lujosamente esculpido y gárgolas sostenidas por angelitos. Su portada principal luce un motivo esculpido, conformado por adornos vegetales y dos ángeles que sostienen el medallón oval donde aparece el escudo nobiliario de los Condes de San Mateo de Valparaíso.
Su escalera de desarrollo helicoidal, que se encuentra entre el primero y el segundo patio, es única en México: se trata, en realidad, de dos escaleras, la de honor y la de servicio, construidas en una sola estructura arquitectónica que resuelve el acceso a los pisos altos con gran señorío.
La azotea es una verdadera terraza, con barandales de hierro en vez de pretiles. En ella destacan las cúpulas de la capilla y de la escalera, que son del mismo corte y proporción que las de la iglesia del Pocito de la Basílica de Guadalupe, construidas 20 años después por el mismo arquitecto. En la esquina del edificio está el característico torreón coronado con la Virgen de Guadalupe, a la que eran muy devotos los condes de San Mateo de Valparaíso.


En su exterior, sobre el ángulo superior de la esquina aparece un torreón, conteniendo un nicho angular u hornacina que resguarda la imagen guadalupana, flanqueada por columnas salomónicas.

El palacio barroco, construido en sólida cantera y ligero tezontle resguarda obras de arte mexicanas, muebles de la época Colonial. Ahí podemos encontrar seis pinturas de “enconchados”, técnica ya desaparecida. La colección de arte del banco comprende lienzos del Virreinato hasta pinturas de autores contemporáneos, pasando por obras de dibujantes, acuarelistas y pintores del siglo XIX (mexicanos y extranjeros). También hay obras de Velasco, Clausell, Atl, y muestras de los tres grandes Orozco, Rivera y Siqueiros, además de otros preciados objetos.

Cabe mencionar como dato curioso, que este condado logro tener 33 haciendas y 22 capillas a lo largo del norte de México de entre ellas la hacienda más importante y la favorita del Conde, era la de San Mateo de Valparaíso, al sureste de Zacatecas, misma que devino su residencia habitual y de donde le vino el nombre a su título. Ahí construyó un palacio de majestuosas proporciones, del cual, al transcurso del tiempo, no quedó más que la fachada como testimonio de lo que fue aquel inmueble. En esta hacienda fue pionero en la Cría de los Toros de lidia de San Mateo Valparaíso que son hasta en nuestros días muy famosos.

  • Hacienda de San Mateo: Magestuosa construcción, hacienda favorita del Conde y residencia del mismo ubicada en la comunidad de San Mateo en Valparaíso
  • Hacienda de Valparaíso: Hacienda hoy convertida en palacio municipal de Valparaíso
  • Hacienda de Nuestra Señora de la Soledad de Abrego
  • Hacienda de San Ildelfonso de los Corrales
  • Hacienda del Jaral (Trasquilla de Gallinas)
  • Hacienda de Sierra Hermosa
  • Hacienda de Buenavista
  • Hacienda del Jaral
  • Hacienda del Cerro Prieto
  • Hacienda de Ordeña de MataPulgas
  • Hacienda del San Agustin
  • Hacienda de Huazamota
  • Hacienda del Astillero
  • Hacienda de San Antonio de Padua
  • Hacienda de San Antonio de Sauceda
  • Hacienda de San Juan Capistrano
  • Hacienda de Purísima de Carrilo
  • Hacienda de Torresilla
  • Hacienda la Obra
  • Hacienda de Trujillo
  • Hacienda de San Miguel


Palacio de los Condes de Heras y Soto

Título otorgado el 27 de Enero de 1811 por Fernando VII a D. Sebastián Heras y Soto, natural de Santander.


Este Palacio fue mandado construir hacia 1760 por el capitán sevillano Adrián Ximénez de Alendral, maestro, patrón y veedor en el arte de platería y de su segunda esposa María Antonia Azorín. La obra se atribuye al arquitecto Lorenzo Rodríguez.

En 1769, se celebró en la capilla u oratorio de la mansión la boda de la primogénita María Manuela Ximénez de Almendral y Azorín con el Secretario del Secreto del Santo Oficio de la Inquisición, Adrián Ximénez de Almendral mandó fabricar un pequeño palacio para que sirviera de habitación a su hija.


En 1833, la casa fue rematada por el concurso de acreedores de las propiedades de los doctores José Manuel y Miguel María Abad Ximénez Azorín, nietos del difunto platero. Esta grandiosa construcción se dividió en dos, la casa principal de la calle de Manrique 4, que daba vuelta a la calle de la Canoa, la compró el minero de Guanajuato José Miguel Septién en 34 mil pesos, y la casa contigua a la principal, o pequeño palacio de la calle de Manrique 5, la adquirió el coronel Antonio Alonso Terán.

En 1852, la casa principal fue vendida por los hijos de Septién a Tomás López Pimentel, casado con Mariana de Heras Soto y Rivaherrera, de ahí que el nombre de la casa conocida como la de los Pimenteles cambió, desde principios de este siglo, por el de casa de los condes de Heras Soto. Su hija Concepción Pimentel de Mier y Celis heredó este palacio en 1906, su hija Mariana Mier, casada con Eustaquio Escandón y Barrón, dispuso al morir que la mitad de sus cuantiosos bienes se dedicaran a obras de beneficencia, fundándose la Beneficencia Privada Mariana Mier.


Más tarde la casa fue rentada a los Ferrocarriles Nacionales de México, y fue utilizada como bodega del Express. En 1940, el patronato de la Beneficencia vendió el palacio a la Compañía Mexicana de Inversiones en 240 mil pesos, y ésta a su vez lo vendió, en 1972, a las autoridades del Departamento del Distrito Federal, emprendiendo unos años después su restauración y adaptación para albergar las oficinas del Centro Histórico de la Ciudad de México.

La casa número 5 de la calle de Manrique, hoy República de Chile, fue habitada, entre 1865 y 1869, por el historiador y hombre de letras Joaquín García Icazbalceta; posteriormente después de haber tenido diversos usos, permaneció cerrada y abandonada hasta que en 1978 pasó a ser propiedad de la Dirección de Bienes del departamento Central, que se ha encargado de su restauración. Declarado monumento el 9 de febrero de 1931.


En esta construcción se puede apreciar una pequeña placa que dice: "Aquí nació en 1780 el Conde Don Manuel de Heras y Soto, uno de los que firmaron el acta de la Independencia Nacional".

El inmueble fue restaurado para albergar el Consejo del Centro Histórico de la Ciudad de México y el partido arquitectónico original se rescató casi en su totalidad y consta de dos niveles y en realidad son dos edificios, el que corresponde al palacio principal y el otro de menores dimensiones, ambos se encuentran integrados por una sola fachada. Las dos edificaciones cuentan con patio principal, la fachada principal es una de las más bellas muestras de un fino, bello y delicado trabajo del labrado de la cantera, que se puede apreciar en los balcones, la fachada principal y el ángulo de la esquina del palacio.


A partir del 2007 la casa del número 6 es sede del Instituto de Ciencia y Tecnología del Distrito Federal.

lunes, julio 29, 2013

Los Escudos Urbanos de las Patrias Novohispanas (4 de 4)

Amigos y lectores, cumplo mi promesa de poner al corriente este sitio, así pues les comparto la última entrega de estas cuatro, esperando que hayan sido de su agrado y contribuyan a el propósito de este blog.

La etapa epigonal (1630-1780)

Para mediados del siglo XVII ya se había consolidado, gracias al desarrollo agrícola, minero y comercial, un importante mundo urbano en el centro de la nueva España, sobre todo en la región del  Bajío; por ello, algunas de sus poblaciones comenzaron a solicitar  de la Corona el título de ciudad y un escudo de armas. Para entonces todas las urbes episcopales y dos de las capitales de los reinos  norteños habían obtenido el tan deseado privilegio. Sólo quedaban  por tanto en la lista de espera aquellos centros que eran menores desde el punto de vista político o religioso, pero que poseían riqueza para pagar los derechos y los gastos que generaban tales prebendas.  Por otro lado, la Corona, cada vez más urgida de recursos, continuó ofreciendo concesiones las cuales, además del cobro de los derechos (que fluctuaba entre los 1 000 y los 3 000 pesos), implicaban una nueva entrada por la venta de los cargos concejiles.

Uno de estos poblados fue Salvatierra, el primer centro del área del Bajío que recibió el título de ciudad en 1644, con un corregimiento y un escudo de armas dividido en cuatro cuarteles. En dos de ellos aparece la cruz de San Andrés, patrono de la villa; en los otros dos se representaba un campo de trigo con tres haces de espigas que simbolizaban los tres molinos de panmoler que existían en la ciudad; el cuarto cuartel presentaba el antiguo puente de Batanes que  comunicaba el valle de Guasindeo con la nueva ciudad. 


La segunda ciudad del Bajío que obtuvo blasón y título en esta época fue nuestra señora de la Concepción de Celaya, villa fundada en 1571 sobre un antiguo poblado indígena llamado Nat-Tha-Hi,  que  en otomí significa debajo del mezquite, y que ese año se volvió sede de la alcaldía mayor que gobernaba toda la región.  La zona se pobló con indígenas otomíes y chichimecos y con españoles de Apaseo y Acámbaro alrededor del convento de San Francisco, en cuyo templo se veneraba una imagen de la inmaculada Concepción. Todos esos hechos quedaron plasmados en el blasón concedido por la Corona en 1655 siendo virrey Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque. En el óvalo del escudo, enmarcado con una banda estilizada adornada con cinco carcajes de flechas que simbolizan a las tribus indígenas sometidas, se contenían tres franjas divididas en los colores azul, blanco y rojo. En la primera estaba la  imagen de la purísima Concepción con la corona de Felipe IV y una  cueva,  en honor al nombre del virrey. La franja blanca contenía una representación de los fundadores de Celaya reunidos bajo un mezquite. Por último, la franja roja llevaba la divisa en latín De Forti Dulcedo  (de los fuertes la dulzura) sobre dos brazos desnudos (el emblema franciscano) a los que se rendían los arcos de las tribus chichimecas sometidas.


Pero de todos los poblados que recibieron título de ciudad en ese periodo fue Querétaro sin duda la más importante. La villa había sido creada entre 1536 y 1541 por caciques otomíes, por encomenderos  de Acámbaro y por religiosos franciscanos para ampliar la frontera frente a los chichimecas. A mediados del siglo XVII el emplazamiento poseía un poderoso ayuntamiento de españoles propietarios  de tierras y beneficiados por la situación estratégica que tenía la villa en los caminos que iban hacia el norte. Su situación económica contrastaba con su precaria posición política pues no era capital episcopal ni de gobernación, a pesar de que gracias a su riqueza el poblado poseía impresionantes templos y conventos. Querétaro finalmente consiguió el título de ciudad y escudo de armas el  25  de enero de 1656. En el blasón concedido por el rey aparecían representados los dos símbolos religiosos forjados por los franciscanos desde su fundación: uno, el apóstol Santiago montado a caballo;  el otro, una cruz “verde” que aparecía flanqueada por dos estrellas y con un sol en el ocaso que le servía de pedestal (figura 7). Ambos símbolos remitían a dos aspectos significativos para la ciudad: el uno, a su nombre y Santo patrono; el otro, a la milagrosa reliquia de piedra que se encontraba en el cerro de Sangremal, cercano a la urbe.


A principios del siglo XVIII el colegio de Propaganda Fide de Santa Cruz, fundado precisamente en el cerro de Sangremal y poseedor  de la milagrosa cruz de piedra, propició la leyenda de que los emblemas del escudo hablaban de un hecho prodigioso con el que se fundó Querétaro. Fray Francisco Xavier de Santa Gertrudis, con base  en un testimonio indígena, narraba cómo los ejércitos de los cristianos otomíes vencieron a los paganos chichimecas, “cuando se oscureció el cielo y en medio de la oscuridad se apareció una cruz resplandeciente entre roja y blanca y a su lado la imagen del apóstol  Santiago”.  La narración, que recordaba el legendario triunfo de Constantino en el puente Milvio, se plasmó por primera vez en 1722 en la obra La cruz de piedra, imán de la devoción, del padre Santa Gertrudis quien insistía en que una prueba fehaciente de la veracidad  histórica de la batalla milagrosa, con la que había nacido Querétaro, era la presencia de Santiago y de la cruz de piedra en el escudo de armas.


En la misma época en que Querétaro recibía de la corona título y armas, un centro minero conseguía el nombramiento de ciudad y su escudo de armas: San Luis potosí. El real de minas fundado  a  fines del siglo XVI aspiró a obtener el estatuto de ciudad por lo menos desde 1630, siendo sus promotores el grupo de españoles que explotaban el cerro de San Pedro y que controlaban la administración temporal de la Caja Real. Pero la oportunidad de conseguirlo  no se presentó hasta junio de 1654, cuando el Virrey Conde de Alburquerque dio a conocer la instrucción para beneficiar la Real Hacienda emitida por Felipe IV. En dicha instrucción se estableció, en uno de sus muchos rubros, que aquellos asentamientos que tuvieran  los méritos podían hacer posturas a la real hacienda para obtener  título de villa o de ciudad. Fue entonces que el vecindario español  de San Luis, encabezado sobre todo por funcionarios reales, impulsó la compra del título de ciudad ante Antonio de Lara Mogrovejo,  representante del rey enviado al obispado de Michoacán. El virrey, a nombre de Felipe IV, le dio el título de ciudad el  30 de mayo de 1656: “por tener la vecindad, comercio y lustre bastante  para serlo y ofrecer los vecinos servirme con tres mil pesos pagados a ciertos plazos en mis Cajas reales del dicho pueblo de San Luis Potosí”.

El mismo rey Felipe IV, por cedula del 17 de agosto de 1658, le dio a la nueva ciudad un escudo de armas como emblema: “un cerro en campo azul y oro con dos barras de plata y dos de oro a los lados de la imagen de San Luis en la cumbre”. Los dos temas eran, por tanto, el Santo Rey de Francia con su cordón de terciario franciscano y el cerro de San Pedro, lugar que había producido la riqueza argentífera y aurífera del real de minas y que le diera una fama a la altura del centro emblemático peruano, del cual el cerro había tomado su segundo nombre. 


A raíz de una real cédula del primero de junio de 1659 en que el rey ofrecía de nuevo títulos de ciudad a aquellos poblados que pagaran una cuota, los vecinos españoles del pueblo de Tehuacán solicitaron que se les llamara villa ofreciendo para ello 1 000 pesos. La  queja por parte de los caciques indios de Tehuacán, que ya estaban  organizados en un cabildo, no se dejó esperar y, alegando la vieja  prohibición de que los españoles no debían vivir entre los indios,  exigieron que fuera a ellos a quienes se les otorgara el título, y no de  villa sino de ciudad. Para ello ofrecían, además de los 1 000 pesos, otros 3 059 procedentes de un legado testamentario que le dejó al pueblo Alonso Prieto Bonilla. El rey, por medio de su virrey el duque de Alburquerque, aceptó la oferta y en 1660 concedió título y  escudo a Tehuacán, con los mismos privilegios que tenía la ciudad  indígena de Tlaxcala.

Con la concesión del título de ciudad a Tehuacán se le dio también un escudo dividido en cuatro cuarteles, cuyas características  recuerdan los antiguos emblemas indígenas concedidos en el siglo  XVI a ciudades como Tzintzuntzan y Tacuba, llenos de alusiones a la guerra y al mundo prehispánico: 

En el primero está una águila negra sobre un tunal con dos flechas en la mano derecha y otra atravesada por los pies; y al lado izquierdo tres cañas de maíz con sus espigas de oro que los naturales llaman Miagual en campo azul. Y el segundo cuartel con una águila negra en campo blanco con el pico dorado y puesto un pie dorado sobre un Teponaztle y el otro levantado agarrando dos flechas; y al lado derecho de la dicha águila un Ayacastle, que es instrumento con que tocan y bailan los naturales y poco más abajo un tambor […] y un Quesale con que bailan. Y en el tercio cuartel una mata que echa al remate y fin de sus ramas una flor colorada que en su lengua llaman Matlaxsxochitl y un pájaro picando en una flor; y al pie de dicha mata un árbol que llaman Mesquite y al lado izquierdo un castillo sobre un cerro que tiene debajo una cueva grande y cerca del dicho castillo unas piedras coloradas y blancas; y de cuatro troneras que tiene el dicho castillos salen  tres flechas por una parte y en medio de la primera […] y la segunda  sale un Maisquahuil [sic por Macáhuitl] instrumento con que peleaban  en su antigüedad […] Y en el cuarto cuartel una cabeza que esta acabada de degollar con una mano que sale por el lado izquierdo que la  tiene pendiente de los cabellos y por el lado derecho otra mano que tiene  ájido [sic por asido] un arco, y en medio de los dichos cuatro cuarteles  una cara que al parecer es, según dijeron los dichos gobernadores y alcaldes, de Chimalpopoca, cabeza de ellos y a cuyo gobierno estaban  sujetos en su gentilidad.

El escudo tenía además como timbre una imagen de la inmaculada Concepción, patrona del poblado desde que fuera fundado por los franciscanos.  


Debemos señalar que en esta etapa también hubo solicitudes que no llegaron a tener derechos plenos de ciudad, aunque ostentaban tal título, como la villa de Toluca. El cronista franciscano fray Agustín de Vetancurt trae una curiosa noticia cuando habla del convento que su orden tenía en esa “ciudad”: 

Habrá poco más de veinte años que se erigió en ciudad con título de San Joseph, con regidores españoles y alguacil mayor, que compraron los regimientos, y por ser del Marqués, que hizo contradicción en el Consejo [de indias], se mandó se estuviera sin ellos y se les volvió el dinero.

La noticia hace referencia a una fecha situada entre 1670 y 1676 y a la oposición de los descendientes de Hernán Cortés a tal fundación, dado que ellos “ponían al corregidor”, como señala el mismo  Vetancurt. La erección de una ciudad con plenos derechos afectaba su jurisdicción, pero también la de los indios que ahí vivían, “y  que  tenían gobernador de los naturales y alcaldes que cada año eligen”. 

Mejor suerte en la obtención de título y blasón en este periodo tuvo Monterrey, la capital del reino de Nuevo León, fundada desde 1585 por Luis de Carvajal, pero cuya situación precaria le dificultó obtener esos privilegios en la segunda de las etapas fundacionales. Además, a diferencia de las otras capitales norteñas, Monterrey no era sede episcopal como Durango, ni cabeza de audiencia  como Guadalajara. Nicolás de Azcárraga, caballero de la orden de Santiago, gobernador y capitán general del nuevo reino de León, inició en 1667 las gestiones para que se concediera un escudo de armas a su capital, mismo que le fue conferido por la reina Mariana de Austria, viuda de Felipe IV, por cédula expedida el 9 de mayo de 1672. En ella se facultaba al gobernador para aprobar el escudo que dicha ciudad eligiere. Aunque se desconocen los  antecedentes  del blasón adoptado por el gobernador Azcárraga, no es muy probable que haya sido el actual, aunque varios autores señalan que su uso es muy antiguo. Las características del escudo actual (un árbol junto a un indio que está flechando al sol, que surge tras el Cerro de la silla y como timbre la corona condal del virrey conde de Monterrey) no presentan ninguna similitud con los escudos concedidos en ese periodo (por ejemplo los castillos y leones o alguna imagen religiosa). El tema merecería una investigación más profunda.


La penúltima ciudad que recibió el título y el emblema fue Santa Fe de Guanajuato, cuyo auge minero a mediados del siglo XVIII motivó que el real de minas recibiera del rey Felipe V un escudo de armas y el título de ciudad en 1741. El escudo también tenía en su cuerpo un emblema religioso: la fe con los ojos vendados sosteniendo una cruz y una custodia, en recuerdo de la toma  de Granada por los Reyes Católicos, que era finalmente la conquista precursora de la de Tenochtitlan. Sin duda, parte importante de  los recursos que hicieron posible que el viejo centro minero obtuviera tan tardíamente título y escudo se debió al auge que por esas  fechas estaba teniendo la explotación argentífera en la región. Guanajuato  era entonces uno de los más ricos emporios mineros del imperio español.


Por último, en 1777 el rey Carlos III concedió a San Francisco de Campeche el título de ciudad. El escudo, dividido en cuatro partes, presentaba dos castillos que recordaban su carácter fortificado y dos barcos que hacían referencia a su situación de puerto. El escudo había sido obtenido gracias a la presencia de un poderoso grupo de comerciantes y armadores de barcos que controlaban el cabildo urbano. A diferencia de Mérida o de Valladolid, cuya sociedad encomendera  criolla estaba ya en decadencia para el siglo XVIII, los sectores privilegiados del puerto de Campeche provenían en su mayoría de inmigrantes vascos, gallegos, asturianos, canarios y catalanes, todos ellos herederos de una tradición comercial y marinera. Estos sectores recién llegados estaban ansiosos de obtener para su patria adoptiva un título y un blasón que avalara su prosperidad y sus pretensiones.  Es por demás paradójico que la última de las ciudades novohispanas en obtener su título lo hiciera gracias a las iniciativas de unos peninsulares.


domingo, julio 28, 2013

Los Escudos Urbanos de las Patrias Novohispanas (3 de 4)

Sin excusas y sin pretextos, me reincorporo a la redacción de este blog. Espero que esta larga ausencia sea recompensada con el contenido de las siguientes entradas, dicho esto, doy paso a la tercera entrega de las cuatro tituladas Los Escudos Urbanos de las Patrias Novohispanas.

La etapa filipina (1556-1630)

A lo largo de su prolongado reinado (1556-1598) Felipe II otorgó a varias ciudades novohispanas título y blasón, actividad que continuó su sucesor Felipe III. Cuatro ciudades indígenas recibieron en este periodo tales privilegios: Xochimilco, Tepeaca, Tacuba y Tzintzuntzan. 

Felipe II

La primera fue el otro único poblado indígena del valle del Anáhuac que obtuvo título de ciudad y blasón fuera de los de la triple alianza. En el Nobiliario de conquistadores de Indias se recoge la cedula real que le da ese privilegio a Xochimilco fechada en Valladolid el 11 de abril de 1559 por Felipe II. En la descripción que se da ahí del escudo de armas, observamos el esquema de las ciudades hispánicas que adoptaron Tlaxcala y Huejotzingo: la imagen única de  un cerro (el del pueblo de Santa Cruz Xochitepetl) con la cruz en la  cima, flotando “sobre aguas de mar azules y blancas” y rodeado de  flores rojas en campo de oro. Por orla llevaba cinco castillos dorados en campo colorado y seis letras formando la palabra  España.  Como  divisa, una corona con la letra F recordaba al rey Felipe II que lo había concedido. Por las fechas en que recibía este blasón, Xochimilco estaba formado por tres cabeceras Tepetenchi, Tecpan y Olac; su sede de gobierno se encontraba en la primera, bajo un cabildo fundado alrededor de 1550 y controlado por la antigua nobleza.  La petición de título y escudo estuvo muy posiblemente relacionada con una serie de leyes en 1558 que limitaban los servicios extraordinarios que solicitaban los caciques a los macehuales. Ese año también fue nombrado como juez Francisco Ximénez nativo de Tecamachalco para arreglar varios pleitos de tierras otorgadas a macehuales y disputadas por los caciques. El juez gobernador tuvo que hacerse cargo al mismo tiempo de algunos conflictos que tuvo la cabecera con varias estancias y barrios que pretendían independizarse. En ese ambiente de tensiones pudo muy bien darse la  solicitud de un título de ciudad que daría a la antigua nobleza xochimilca prestigio y control en su región.

Armas de Xochimilco

Antonio Peñafiel reprodujo en 1914 el acta de concesión del título de ciudad de Tepeaca, fechada el 27 de febrero de 1559, la cual, según él, se encontraba en el archivo de su cabildo. A pesar de que la antigua Segura de la Frontera había sido abandonada, como vimos, para fundar Oaxaca, su lugar lo ocupó el poblado indígena,  creado por los franciscanos en 1543 con el traslado del antiguo centro situado en el cerro de Tlaytec. El nuevo pueblo se engrandeció  alrededor de su convento de San Francisco, de su cabildo y de su  corregimiento, convertido en alcaldía mayor en 1555.  Por esas fechas debieron iniciarse los trámites para solicitar del rey la concesión de título y blasón. Éste consta de un águila con las alas abiertas  sobre fondo encarnado y parada sobre un peñón. El carácter indígena de la concesión quedó remarcado por una filacteria que rodea  el escudo con los símbolos de agua y tierra quemada (atl-tlachinolli)  que representan la guerra. Aunque el escudo de Tepeaca posee elementos que podríamos definir como indígenas (cerro, guerra, águila) su composición es bastante sobria y se adecua más a los  emblemas de ciudades organizados a la europea.

Armas de Tepeaca

No pasa lo mismo con el escudo de Tacuba que presenta una gran complejidad. Enmarcadas dentro de un águila imperial que sostiene en sus garras tres flechas, un sol y los extremos de una guirnalda vegetal entrelazada, estas “armas” están divididas en nueve cuarteles. En los tres superiores un águila y un jaguar emiten de sus bocas los símbolos de la guerra cerca de un templo en llamas y flanquean un cerro con dos flores rojas (tlacotl, del que se forma el toponímico de Tlacopan) junto a un árbol y un león flamígero. Debajo de estos emblemas se desarrollan otros cuatro cuarteles: dos de  ellos con un castillo coronado por tres torres (símbolos de los señoríos de la triple alianza pues sobre ellos se colocaron los xiuhhuitzolli o coronas señoriales); los otros dos cuarteles poseen sendas esferas del mundo rematadas en una cruz y colocadas sobre el mar. Una estrella matutina en uno de los cuadrantes anuncia la llegada de la nueva era cristiana, mientras que en el otro un tlatoani con las manos juntas recuerda la aceptación de la fe de Cristo por parte del señor de Tlacopan. En la base del escudo dos secciones representan un río de sangre y fuego y otro de sangre y agua, emblemas de guerra que solían ponerse en los chimalli antiguos. 

Tacuba recibió el título de ciudad y su escudo en el mismo año de 1564 en que don Antonio Cortés Totoquihuaztli conseguía para su linaje un escudo similar concedido por Felipe II. María Castañeda y Miguel Luque, quienes han estudiado estos emblemas, señalan que desde 1552 este personaje había solicitado para sí y para su pueblo sendos escudos y en sus cartas describió sus elementos constitutivos. Al igual que en Tezcoco, la nobleza indígena asociaba el escudo de la ciudad al de su linaje, muy posiblemente a raíz de la impotencia de los gobernadores caciques que estaban siendo suplantados por cabildos indígenas perdiendo con ello sus privilegios y poder.

No cabe duda que una de las características de varios de los escudos indígenas hasta aquí reseñados (salvo Tlaxcala, Xochimilco, Tepeaca y Huejotzingo) es que tomaron el esquema de división en varios cuarteles propios de los blasones de la nobleza. Esto hace pensar en la posibilidad de que la corona dejara en libertad a esas ciudades indígenas para escoger su escudo, y Tacuba obtuvo el de la familia noble del gobernante en turno. María Castañeda y Miguel Luque señalan que los señores enviaron a España las propuestas de los escudos que querían, integrando en ellos elementos de la iconografía prehispánica (que difícilmente podrían haber sido obra de un  pintor  español) y que así como llegaron fueron integrados en las actas de concesión. En adelante los escudos indígenas (como el ya reseñado de Tezcoco que correspondería a esta etapa) tendrán este abigarrado simbolismo que no tenían los anteriores.

Este es el caso también del escudo de Tzintzuntzan, estudiado por Hans Roskamp, que al parecer fue elaborado, al igual que los de Tezcoco y Tacuba, con base en la tradición histórica que recordaba las glorias prehispánicas. Desde la década de 1540-1550  los nobles de ese poblado, al igual que los españoles de Granada, se  habían opuesto al traslado de la capital michoacana a pátzcuaro e  incluso se levantaron en armas, según el cronista Beaumont, para  oponerse al proyecto de Quiroga.  Esta oposición siguió viva años después ya que en 1567 elaboraron una probanza para mostrar la preeminencia de su ciudad sobre las otras de Michoacán. Según Roskamp, posiblemente también se relacionan con esta defensa el documento pictográfico conocido como Códice Tzintzuntzan y la misma Relación de Michoacán  recogida por fray Jerónimo de alcalá. Este  proceso de búsqueda de reconocimiento consiguió éxito en 1593. A  lo largo de esos años la nobleza tzintzuneña argumentaba que su  ciudad había conseguido una primera concesión del título en 1534, aunque de hecho éste había sido dado al cabildo español de Granada y no a la indígena Tzintzuntzan.

Armas de Tzintzuntzan

El escudo de armas concedido en 1593 tenía muchos elementos que recordaban la historia prehispánica, por lo que es muy probable que haya sido inspirado por los propios solicitantes. En el centro  del emblema está representado, bajo una cruz, un torreón cuyas tres  almenas están coronadas por tres banderas rojas rodeadas por dos  pequeñas aves en recuerdo del nombre del poblado (lugar de colibríes). de este recuadro central parte el escudo formado por cuatro  cuarteles: uno con siete rocas que parecen formar una cueva de la  que sale un camino (recuerdo de la tradición de Chicomoztoc); una  pirámide humeante sobre una isla rodeada de un lago con dos peces;  un coyote que toca con sus patas un árbol (que recuerda el animal emblemático del señor tanganxoan); y el último formado por cuatro pequeños recuadros con sandalias, un tocado, unos patos y un jaguar, todos elementos asociados con la nobleza antigua de Tzintzuntzan. El escudo se completaba con un triángulo con luna y estrellas en la base y estaba inserto en el pecho de un águila (animal emblemático de la dinastía rectora de los purépecha) cuya mirada se dirigía hacia arriba, a un sol, posible alusión a la monarquía hispánica. a ambos lados del escudo dos personajes o tenantes representaban a Harame y a Uacusti Catame, fundadores prehispánicos  del señorío. Una orla con toponímicos y símbolos guerreros (escudos, arcos y flechas) encierra el emblema en un recuadro.

Los escudos de armas cumplieron una importante función para las noblezas indígenas que a menudo los reprodujeron en lienzos, códices y títulos primordiales. Sobre la utilización de estos símbolos, Roskamp señala respecto a los casos de Tzintzuntzan y de Tezcoco: sin embargo, aunque parecen referirse a la grandeza prehispánica,  los escudos de armas fueron elaborados y usados en la época virreinal como documentos que indican y de cierta forma también legitiman el estatus importante de los cacicazgos indígenas bajo el gobierno español [y con ello sustentar] sus reclamaciones de privilegios y poder. Salvo los casos ya mencionados de Tacuba, Tepeaca, Xochimilco y Tzintzuntzan, el resto de las concesiones de esta etapa “filipina” fueron dadas a poblados de españoles con características comunes a todas ellas: por un lado, su situación periférica, y por el otro la condición económica o política privilegiada que poseían. 

Una de estas concesiones arrastraba una conflictiva historia que venía desde la primera mitad del siglo XVI: la Ciudad de Valladolid de Michoacán. Desde que fue fundado por el virrey Mendoza, el poblado de Guayangareo tuvo que luchar por su preeminencia como capital contra la ciudad indígena de Pátzcuaro que se la disputaba apoyada, como vimos, por el obispo Quiroga. En 1549 los regidores de Guayangareo enviaron a un procurador a España con una  serie  de instrucciones en las que se pedían los tributos de algunos poblados, la concesión de un escudo de armas y el traslado de la catedral de Pátzcuaro a su territorio. Se daba por supuesto que el título de ciudad ya lo tenía, aunque Pátzcuaro seguía siendo de hecho  y de derecho la ciudad de Michoacán, “residencia del alcalde mayor, asiento de la catedral, la concentración indígena más importante y el mercado de mayor movimiento”. además, desde 1560 funcionó de nuevo en Pátzcuaro un cabildo español. El tener dos ayuntamientos, uno español y el otro indígena, era algo que sólo tenía en ese  momento la ciudad de México. Un cambio significativo en la contienda entre ambas urbes se dio a la muerte de Vasco de Quiroga en  1565. A partir de entonces el cabildo de españoles avecindados en  Guayangareo, y los agustinos y franciscanos residentes en ella, movieron sus influencias para que la catedral de Pátzcuaro se mudara  a su territorio para obtener los plenos derechos de ciudad. Los agustinos sobre todo tenían muchos intereses en la zona, más que en el área lagunera. pero el traslado no sucedió aún, a pesar de que en  1568 lo apoyaba el nuevo obispo Antonio Morales de Molina, pues  consideraba  que una ciudad de españoles en Pátzcuaro era muy perjudicial para los indios.

Esta ciudad recibiría un fuerte golpe cuando en 1576 el cabildo “español” se trasladaba a Guayangareo (que por estas fechas tomaba el nombre de Valladolid); con ello la “ciudad de Pátzcuaro” regida hasta entonces por dos ayuntamientos perdía uno de sus títulos  honoríficos. Aunque al parecer no existió un nombramiento oficial  que diera a Valladolid el título de ciudad y escudo de armas, ésta  funcionó de hecho como tal desde esas fechas, sobre todo a partir  del cambio de la sede episcopal en 1580 en tiempos del obispo agustino fray Juan de Medina Rincón. Se repitió entonces lo que unas  décadas atrás había sucedido entre Tlaxcala y Puebla, la ciudad española arrebataba la sede diocesana a la antigua capital indígena.  Para consolidar su posición, Valladolid escogió para elaborar su escudo de armas un elemento “indígena”, los tres reyes “tarascos”, tomados del estandarte de Granada (situada como se recordará en la capital purépecha Tzintzuntzan), los cuales fueron representados, sin embargo, no a la manera indígena sino con los atributos de los monarcas europeos con corona, cetro y capa de armiño. Esta elección fue muy significativa, pues con ella el ayuntamiento de Valladolid se apropiaba del valor simbólico que tenía la primera ciudad de españoles de la zona, cabecera además del cazonci prehispánico,  legitimando con ello su primacía sobre la sede elegida por Quiroga. Junto con su escudo de armas, Valladolid también tuvo que inventarse a principios del siglo XVII una serie de cédulas fundacionales, sobre todo para justificar la propiedad de sus fundos legales.

Armas de Valladolid

La segunda urbe que obtuvo título y blasón en la época filipina 42 fue Zacatecas. desde el 8 de octubre de 1585 este real de minas recibió del rey Felipe II  el título de ciudad y en 1588 se le concedía escudo de armas. En éste, aparecían representados sobre una cartela  con la frase latina Labor vincit omnia (“El trabajo todo lo consigue”), sus cuatro fundadores (Juan de Tolosa, Baltasar Temiño de  Bañuelos, Cristóbal de Oñate y Diego de Ibarra) bajo el cerro de la  Bufa, emporio de su riqueza. El cabildo zacatecano estaba formado por los descendientes de esos padres fundadores, pero lo más interesante es que en el centro del escudo y rodeada por el cerro brillaba una imagen de nuestra señora de los Zacatecas, la patrona del  real de Minas y la que le diera su advocación. 

Los avances de la colonización hacia el norte, que se habían dado a partir del descubrimiento de las minas de Zacatecas, fueron la causa de la creación del reino de Nueva Vizcaya, cuya explotación y regimiento fueron dados al empresario y conquistador vasco Francisco de Ibarra, pariente de uno de los fundadores de Zacatecas. La  villa  de Durango, su capital, había sido fundada en 1563, pero no obtuvo su título de ciudad sino hasta principios del siglo XVII, en una fecha incierta entre 1621 y 1631. Tampoco es muy claro cuál fue el escudo de armas que se le concedió. Gil González Dávila reproduce uno con el evangelista san Mateo y un ángel, que muy probablemente sea más bien el de la sede episcopal fundada en 1623. La  confusión pudo darse por la coincidencia de fechas entre la concesión del título de ciudad y la fundación de la catedral. Las primeras  noticias sobre el escudo de armas real proceden de finales del siglo  XVII y señalan que este tenía “un árbol de su color y atravesados en su tronco dos lobos con sus presas en campo de azur y por timbre lleva una corona real, adornándolo dos palmas entrelazadas en la punta”. Estas armas eran copia de uno de los cuarteles del escudo de la provincia de Vizcaya en España, y parece natural que se diesen las mismas armas a la ciudad capital de la nueva provincia de igual nombre.

Armas de Zacatecas

A principios del siglo xvii obtenía su título de ciudad y su escudo de armas la villa de Mérida de Yucatán. aunque su cabildo había  hecho una solicitud para tal concesión desde 1543, apenas año y medio después de su fundación por Francisco de Montejo. A pesar de  ser la sede de un episcopado desde 1561 y de una gobernación desde 1565, las esperanzas del cabildo de la capital yucateca no se cumplieron hasta el 30 de abril de 1605. El título se le concedió en virtud de un real privilegio otorgado por el rey Felipe III para honrar el nacimiento de su hijo primogénito el infante y futuro rey Felipe IV. El escudo de armas, sin embargo, no le fue otorgado sino algunos años después, el 18 de agosto de 1618, “en premio a su fidelidad y buenos servicios”. El blasón era muy sencillo y sólo tenía “un león rampante en campo verde y un castillo torreado en campo azul”.


Armas de Mérida

Así pues, nos leemos en la siguiente entrada, la última de estas cuatro. Saludos !!

miércoles, abril 10, 2013

Actualización de mis Armas Personales

Para no perder la costumbre, y como a veces puedo hacer un poco de dibujo, muestro el nuevo diseño de mis armas personales, ya me platicaran ustedes que les parecen los nuevos detalles, como el yelmo, la cresta y los lambrequines.



Hasta la próxima!

martes, abril 09, 2013

Los Escudos Urbanos de las Patrias Novohispanas (2 de 4)

Segunda entrega de la entrada Los Escudos Urbanos de las Patrias Novohispanas, las anotaciones entre corchetes son comentarios del redactor del blog.

La etapa imperial (1523-1556)

El primer escudo de armas que el rey concedió en el territorio novohispano se dio a la ciudad de México por Carlos V el 4 de junio de 1523. El ayuntamiento creado por Hernán Cortés lo había solicitado a fines de 1522 para consolidar su preeminencia en la ciudad.

[En el “Cedulario de la nobilísima Ciudad de México” (1523-1611) se lee:

“Don Carlos, por la gracia de Dios, Rey de Romanos Emperador y Semper Augusto, y Doña Juana su madre, y el mismo Don Carlos, por la misma Gracia: Reyes de Castilla de León, de Aragón, de las dos Sicilias… en nombre de Vos, el Consejo, Justicia, Regidores, Caballeros, Escuderos, Oficiales y Hombres buenos, de la Gran Cuidad de Tenoxtitlán – México, que es, en la Nuestra Nueva España, que es fundada, en la Gran Laguna, nos hicieron relación, que después, que la dicha Ciudad. Fue ganada, por los cristianos españoles, nuestros Vasallos; en nuestro nombre, hasta ahora no habíamos Mandado, dar, y Señalar Armas, y Divisas que trajesen, en sus pendones, y se pusiesen, en su sello; y en las Otras Cosas, partes. Y lugares, donde fuese necesario; y Nos considerando. Como la dicha Ciudad, es tan insigne, y Noble, y el más principal Pueblo, que hasta ahora, en la dicha Tierra, por Nos, se ha hallado Poblado, que esperamos que será, para Servicio Nuestro, Señor, y ensalzamiento de su Santa Fé Católica, y honra, acrecentamiento, de nuestros Reinos, acatando los trabajos y peligros, que en ganalla, los Cristianos y Españoles Nuestros Vasallos han, pasado, sus servicios, y porque es cosa justa, y razonable, que los que bien sirven, sean honrados y favorecidos por sus preíncipes; por la mucha voluntad que tenemos, que la dicha Ciudad, sea más noblecita y honrada, tuvímoslo por bien, y por la presente, hacemos merced, y señalamos, que tengan por Armas conocidas un escudo, azul, de color de agua, en señal de la Gran Laguna en que dicha Ciudad está edificada , y un Castillo, dorado, en medio, y tres Puentes de Piedra de cantería, y en que van a dar en dicho castillo, las dos, si llegar a él, en cada una de las dichas dos Puentes, que han de estar a los lados, un León levantado, que hazga con las uñas en dicho castillo, de manera , que tengan los pies, en el puente, y los brazos en el castillo, en señal de la Victoria, que en ella hubieron los dichos, Cristianos, y por la Orla, Diez hojas de Tuna, verdes, con sus abrojos, que nacen, en la dicha Provincia de Campo Dorado, en un escudo a tal como éste, las cuales Armas y Divisa, damos a la dicha Ciudad, con sus Armas Conocidas, por las que podáis traer, poner, e trayais, é pogais, en los Pendones, y Sellos, y Escudos, y Banderas, de ella, y otras partes, donde quisiederes, y fueren menester; e según e, como e de la forma y manera, que las traen, y ponene las otras ciudades, de estos dichos nuestro Reinos de Castilla, a quien tenemos dado armas…dad en la Villa de Valladolid a cuatro días del mes de julio,; Año del Nacimiento de Nuestro salvador Jesucristo, de mil quinientos veinte e tres años. Yo el Rey”.  Aportación del Redactor del blog.]

En él, resaltaba sobre un fondo azul, que recordaba la laguna, una torre dorada con tres puentes de piedra que llegaban a ella, sin tocarla, y dos leones rampantes en señal de la victoria de los cristianos. El escudo estaba rodeado de una orla con diez hojas de nopal verdes y carecía de timbre que lo coronara. Aunque no existen testimonios gráficos de esos primeros tiempos, es muy probable que desde fechas tempranas fuera utilizado como tal el águila sobre el nopal, que a la larga se sobrepuso como timbre o insignia al escudo de Carlos V.

En 1535 los franciscanos permitieron que los indígenas colocaran en un ángulo del atrio del convento de San Francisco una lápida esculpida que representaba el símbolo mexica de la fundación de Tenochtitlán. Sin embargo, el águila, en lugar de estar posada en el nopal emblemático, se erguía sobre una esfera poblada de casas, que simbolizaban la nueva Jerusalén, en la que se había transformado la antigua Tenochtitlán en la imaginación de los frailes.
Es un hecho que a mediados del siglo XVI ese emblema ya era utilizado extensivamente pues en una lámina del códice Osuna sobre la expedición a la Florida (1559-1560) se muestra a un capitán a caballo portando una bandera con el águila y el nopal. Es lógico pensar que al no haberse dado propiamente un acto de fundación, a causa de que existía previamente una ciudad prehispánica, se utilizara el emblema fundador de ésta desde la fecha mítica de 1315.


De hecho, el escudo español tenía tan pocas referencias a la antigua ciudad (la laguna y los nopales) que no podía funcionar más que añadiéndole el de la fundación prehispánica. En esa época Hernán Cortés también solicitó títulos y blasones para sus fundaciones de Veracruz, Segura de la Frontera, Medellín y Espíritu Santo. Salvo las dos primeras, ninguna de ellas tuvo continuidad. El de Veracruz le fue concedido por Real Cédula del emperador el 4 de julio de 1523 junto con el título de ciudad por ser el primer ayuntamiento fundado en el territorio, recién desembarcado Hernán Cortés en las playas de Chalchicueyecan en 1519. En el escudo aparecía un castillo coronado por una cruz roja, las columnas de Hércules con el lema “plus ultra” y una orla con trece estrellas. 


El mismo año se concedieron título y blasón a Segura de la Frontera, el escudo tenía un león rampante coronado y rojo, sobre campo blanco y una orla con ocho aspas doradas en campo azul. En el periodo convulsivo que vivió el territorio entre 1524 y 1530, la guerra civil y la anarquía estuvieron a punto de estallar y todos hablaban de las “comunidades”, referencia a los alzamientos populares en Castilla contra el gobierno de Carlos V. En esta caótica situación fue fundada Antequera en el valle de Oaxaca en una zona que Cortés había reservado para sí. Su primer emplazamiento, obra de Alonso de Estrada, se remontaba a 1524 y ese año se trasladó allá el cabildo de la ciudad de Segura de la Frontera, aprovechando la ausencia del conquistador en la expedición a las Hibueras. Cuando éste regresó eliminó dicha fundación, pero en 1528 el capitán se fue a España, situación de la que se valió el presidente de la Audiencia, Nuño de Guzmán, para refundar la villa de Antequera como un enclave de la corona en un territorio que el poderoso Hernán Cortes quería como su feudo personal sin reserva alguna. Para sustraerse del dominio del Marqués, el recién fundado ayuntamiento de la villa solicitó a la corona el escudo de armas concedido a Segura de la Frontera, el título de ciudad y el engrandecimiento de su fundo legal, pues las tierras del marquesado del Valle la tenían constreñida a un reducido territorio. El 25 de abril de 1532, la reina gobernadora concedió a Antequera el título de ciudad y el escudo solicitado con un león rampante coronado rodeado de una orla con ocho aspas. Ese año se le otorgó además un fundo de una legua, ordenamiento al que se opuso Hernán Cortés, quien presentó ante la Segunda Audiencia una demanda, que ganó. Tres años después, en 1535, se fundaba en la ciudad la sede episcopal que presidiría el obispo Juan López de Zárate.


Por esas fechas, y también con una azarosa fundación como antecedente, comenzó a prosperar la segunda ciudad del virreinato: la Puebla de los Ángeles. La nueva población, propuesta por la Segunda Audiencia y por los franciscanos alrededor de 1532, trajo consigo la oposición de varias instancias, como el ayuntamiento de la capital, por la competencia que Puebla significaba para México, y la de los poblados indígenas vecinos, por la cantidad de trabajadores exigidos.
También se opuso a ella el mismo obispo dominico de Tlaxcala, fray Julián Garcés, quien había solicitado convertir la sede de su capital episcopal en una ciudad de españoles, lo que se frustraba con la fundación de Puebla. El nuevo emplazamiento de los Ángeles recibiría del rey su título de ciudad el 25 de febrero de 1533. Por esas fechas también se le otorgó un escudo de armas: una fortaleza con cinco torres de oro asentada en campo verde, un río que sale de su centro y dos ángeles vestidos de blanco que la franquean sosteniendo en sus manos las letras K y V alusivas a “Karolus V”. En esta reproducción aparecía también el lema que circundaba el escudo: “Angeles suis Deus mandavit de te ut custodiant” (Dios mandó a sus ángeles que cuidasen de ti. Salmo 90, versículo 11). Este escudo tuvo un importante papel en el mito fundacional de la ciudad, construido a fines del siglo XVII en el marco del enfrentamiento entre los franciscanos y los obispos de Puebla. La leyenda comenzó a gestarse en el cabildo de su catedral alrededor de 1670 y en la narración se mencionaba que el primer obispo de la diócesis, fray Julián Garcés, había tenido un sueño en el cual Dios le mostró el sitio en que era su voluntad se fundase la ciudad. En él, unos ángeles echaban cordeles y señalaban la planta de la futura urbe “midiendo las cuadras y proporcionando las calles”. Con ello se restaba presencia a los franciscanos, los verdaderos fundadores. El cronista jesuita Francisco de Florencia, a quien se debe esta primera referencia, agregaba: “De la noticia que el dicho obispo daría al Emperador se motivó la forma del escudo de armas con dos ángeles”. Este supuesto se convirtió en un hecho histórico real cuando todos los cronistas poblanos del siglo XVIII lo repitieron hasta el cansancio y lo convirtieron en un elemento fundamental de la identidad urbana, necesario en un periodo de decadencia económica y de pérdida de preeminencia regional. 


La misma oposición que tuvo Puebla por parte del ayuntamiento de México se presentó alrededor de 1532 cuando la Segunda Audiencia autorizó la fundación de la ciudad de españoles de Michoacán, fundada por el entonces oidor Vasco de Quiroga cerca de la antigua Tzintzuntzan, la que fuera capital principal del reino purépecha. La urbe, que tenía la misma finalidad utópica de Puebla (crear un espacio mixto de convivencia pacífica entre indios y españoles), se llamaría Uchichila o Granada. A pesar de la oposición de la capital, los encomenderos de Granada, agrupados en un cabildo español, recibieron del emperador el nombramiento de ciudad en
1534 y un escudo de armas: muy posiblemente el de los tres reyes antiguos que gobernaban la provincia de Michoacán con sus cabezas coronadas y mantos de armiño. La nueva ciudad prometía convertirse en el centro político y administrativo del territorio michoacano. Con todo, como veremos, este título le fue arrebatado por Pátzcuaro a instancias del mismo Vasco de Quiroga y su prestigio como capital regional duró muy poco tiempo.


La séptima entidad de españoles que consiguió título de ciudad y blasón en este periodo fue Guadalajara. El 8 de noviembre de 1539 el emperador le concedió en Madrid un escudo con dos leones “puestos en salto” y arrimadas las manos a un pino de oro sobre campo azul. Como timbre el escudo llevaba “un yelmo cerrado y por divisa una bandera colorada con una cruz de Jerusalén de oro puesta en una vara de lanza y follaje de azul y oro”. La concesión, solicitada por Santiago de Aguirre en nombre del “Consejo, justicia y regidores”, llegó en una etapa difícil para la nueva ciudad. Su fundador Nuño Beltrán de Guzmán había elegido como capital de su reino en formación la villa de Compostela (actual Tepic). Guadalajara, de hecho, estaba fundada en un emplazamiento mucho más norteño que el actual, pero ahí sufrió varios ataques de los grupos chichimecas. En 1540, a raíz de la rebelión del Mixtón, la “ciudad de Guadalajara” que no pasaba de ser de hecho un caserío, fue devastada y tuvo que ser refundada en su lugar actual. A pesar de ser un asentamiento con escasos habitantes su importancia se acrecentó con el tiempo, aunque no el número de sus pobladores. En 1548 el obispo fundador de la sede, Pedro Gómez Malaver, prefirió esta ciudad para asentar su catedral. La villa de Compostela donde se le había destinado y en la que funcionaba la Audiencia de Nueva Galicia, no le pareció propicia para ello. Ese tribunal, sin embargo, no sería trasladado a Guadalajara sino hasta 1560. Así, esta ciudad fue un caso excepcional entre todas las urbes aquí tratadas, salvo México, pues el privilegio de tener escudo y título de ciudad se le concedió antes que en ella se fundara la sede obispal o que se obtuviera la primacía como capital del gobierno civil. 


Junto a esas siete ciudades de españoles, la Corona imperial de Carlos V concedió título y blasón a lo menos a otras seis urbes indígenas: Pátzcuaro en Michoacán; Tlaxcala, Cholula y Huejotzingo en los valles cercanos a Puebla; y San Juan Tenochtitlán y Tezcoco en la cuenca del Anáhuac. La primera urbe indígena que recibió dicho título y blasón fue Tlaxcala. A causa de su alianza con Cortés y de sus importantes servicios durante la conquista de Tenochtitlán, Tlaxcala había recibido una serie de beneficios y una categoría especial en las primeras dos décadas del dominio español. Sus habitantes no fueron entregados en encomienda sino colocados directamente bajo la tutela del rey. Entre los varios señoríos prehispánicos que la conformaban se destacaban cuatro: Ocotelulco, Atlihuetzian, Tizatlán y Topoyanco, los cuales se conservaron bajo el dominio de sus propios linajes. Alrededor de 1535 se inició la construcción de una ciudad neutral en el centro de los cuatro señoríos; en ella se nombró un cabildo, con representación rotativa de las principales cabeceras, y un gobernador, cuyo cargo estuvo controlado sobre todo por Ocotelulco y Tizatlán. 

Por esas fechas Tlaxcala conseguía también el título de ciudad por una real cédula de 1535, en la cual se le concedía igualmente un escudo de armas: un castillo con tres torres, una bandera con un águila negra sobre fondo rojo, una orla con dos palmas a los lados, dos calaveras con huesos cruzados en la parte de abajo y dos coronas con las letras IKF en la parte superior.
Este crecimiento y prestigio había sido sin duda consecuencia no sólo de los servicios que los tlaxcaltecas habían prestado a la Corona, sino también a que la antigua ciudad indígena fue confirmada como sede del primer obispado del territorio desde 1526. Al año siguiente llegaba a ella fray Julián Garcés para ocupar su cargo y se hospedó en el palacio de Maxixcatzin, recién abandonado por los franciscanos; ese lugar se convirtió por el momento en catedral episcopal y fue dedicado a la Inmaculada Concepción. Sin embargo, el obispo duró muy poco en esta sede, pues al año de su llegada adquiría propiedades en la ciudad de México donde, a partir de 1533, residiría regularmente. Aunque en 1536 se asignó en la nueva ciudad de Tlaxcala un solar para la construcción de la catedral, ésta nunca se llegó a edificar, dado que ni el obispo ni el cabildo catedralicio estaban interesados en permanecer en ella, por lo que poco tiempo después comenzaron las negociaciones para trasladar la sede a Puebla. Este hecho debilitó a la ciudad indígena.


Dos años después de Tlaxcala, en 1537, se le otorgaba categoría de ciudad a la otra urbe indígena de la zona, Cholula, que se puso bajo la advocación de San Pedro; con dicha concesión se le permitía elegir un concejo de indios nobles y “una legua por cada viento para la mediación de sus propios”. La nueva ciudad, que ya era una cabeza de doctrina franciscana desde finales de la década de 1520 y sede de un corregimiento español a partir de 1531, se convertía en la segunda concentración urbana de indios que recibía ese título, aunque al parecer el escudo de armas no le llegó sino hasta 1540. Este galardón estaba dividido en cuatro cuarteles: en el primero un aspa con dos clarines y cinco estrellas de oro en campo sinople; en el segundo estaba representada la gran pirámide coronada por una cruz púrpura; el tercer cuartel tenía un león rampante armado de espada y barreado de negro; el último representaba la acequia Aquiahuac, con matas de tule y cuatro patos.


El 18 de agosto de 1553 en Valladolid se emitía la concesión de título de ciudad y blasón para otra ciudad vecina de Cholula, Huejotzingo, sede también de un corregimiento de la corona y de un convento franciscano a lo menos desde 1532.17 En el Nobiliario de conquistadores de Indias se incluye la cédula de concesión que fue solicitada por el gobernador y cabildo del poblado indígena así como la descripción del escudo: una fortaleza con una palma dorada y una bandera azul sobre la torre del homenaje en la que está labrada una cruz de Jerusalén. La torre está flanqueada por dos leones rampantes en oro y el escudo lo rodea una orla con cinco aspas y cinco estrellas. Como timbre lleva una filacteria con la frase C.V. [Carlos V] HISPANIARUM REX. En la cédula se utiliza el mismo modelo que en otros casos de ciudades indígenas que conocemos, se dice que se otorga a solicitud del gobernador y los principales del pueblo sin especificar sus nombres (lo que si se hace a menudo con las ciudades de españoles).


La relativa claridad que tenemos sobre la fundación de ciudades indígenas en los valles poblanos no es característica de aquellas situadas en la cuenca del Anáhuac. Al parecer la primera que consiguió escudo fue la de San Juan Tenochtitlan, aunque la fecha de concesión es imprecisa. Al igual que los otros señoríos que pertenecían a la Triple Alianza (Tezcoco y Tacuba), varios miembros de la nobleza Tenochca recibieron blasones de hidalguía, pero no es claro si alguno de ellos fue quien solicitó el escudo de la ciudad indígena que rodeaba a la ciudad española. El escudo que de ella se conoce es de forma occidental, con fondo de oro, en la parte central un lago “de azur” en el cual se alza una isla con sus calzadas de color natural o terroso, con edificios de gules, bordura de oro, entronada sobre un maguey de sinople, planta de suma importancia para los aztecas.

Tezcoco presenta la misma dificultad en cuanto a documentación fidedigna sobre un escudo original concedido por el rey. Esta fue quizás la cuarta ciudad indígena que consiguió título y un escudo gracias a los servicios prestados a Cortés y a los conquistadores durante la conquista de Tenochtitlan. El otorgamiento, según algunos autores, se hizo el 9 de septiembre de 1551, aunque otros documentos hablan de una primera concesión en 1543.20 Es significativo que al año siguiente de la supuesta concesión de 1551, el virrey Luis de Velasco recibía al cacique y gobernador Hernando de Pimentel para que fuera pregonado ese privilegio en la nueva ciudad. Desconocemos cuál haya sido este primer escudo de Tezcoco, pero sin duda no era el que dio a conocer Antonio Peñafiel en 1903, el cual presenta una serie de características que no cuadran, ni con el tipo de escudos que concedía la Corona en la primera mitad del siglo XVI (en los que predominaban castillos y leones), ni con la época del otorgamiento. Rodrigo Martínez ha demostrado que el escudo de Tezcoco conocido actualmente trae alusiones a Netzahualcóyotl, y sobre todo a la Relación de la ciudad de Tezcoco de Juan Bautista Pomar (elaborada en 1581) y a la Historia de la nación chichimeca de Fernando de Alva Ixtlixóchitl (redactada alrededor de 1615), ambos textos escritos con posterioridad al supuesto escudo otorgado por Carlos V en 1551.

Sergio Ángel Vázquez, en comunicación personal, me adelantó la hipótesis de que el escudo de Tezcoco fue una elaboración realizada por el mismo Ixtlixóchitl o por gente allegada a él, frente a la ausencia de un escudo en forma, pues los caciques del XVI no se habían puesto de acuerdo sobre cuáles eran las “divisas de los antiguos señores de Tezcoco”. La más antigua reproducción que conocemos de este escudo se encuentra en el Archivo General de la Nación y está fechada en 1786. En ella, el escudo está dividido en seis cuarteles: en los tres de la derecha se representan respectivamente dos águilas enfrentadas, un sayo acolchado a manera de peto con un faldellín de plumas y un macáhuitl o macana con puntas de obsidiana, un chimalli o escudo y un huhuetl o tambor. Estos elementos están asociados, según Rodrigo Martínez, con una lámina del Códice Ixtlixóchitl que representa a Netzahualcóyotl portando dichos atributos. En la parte derecha del escudo se representan un cerro que tiene grabado un brazo llevando arco y flecha, dos torres-templo (una de ellas incendiándose) y una pata de venado con un chalchihuitl del que sale un manojo de plumas. Todos esos elementos aparecen mencionados en la Historia de la nación chichimeca de Ixtlixóchitl como los elementos esculpidos en Tezcutzingo por orden de Netzahualcóyotl. Con este personaje también está vinculado el coyote portando dos borlas en las orejas que sirve de timbre al escudo. Según la narración de Ixtlixóchitl también estaban en esas armas antiguas “dos tigres a los lados de cuya boca salían agua y fuego y por orla doce cabezas de reyes y señores”. En el escudo del siglo XVIII están esas cabezas (aunque solo son siete) y rodeándolo los dos símbolos del agua y la tierra quemada que representan la guerra.


Sobre el tercer señorío de la triple alianza, Tacuba, también existen serios problemas de documentación y muy posiblemente la concesión de su escudo estuviera igualmente asociada con los descendientes de sus señores tradicionales, pero su caso lo estudiaremos en el siguiente apartado. Hasta este momento las ciudades indígenas habían conseguido su escudo de armas por instancia de sus cabildos o de sus señores indígenas. Pátzcuaro en cambio es una excepción, pues la obtención de su título y escudo fue debida a la labor de un obispo. A partir de un enfrentamiento de intereses similar al que tuvieron Puebla y Tlaxcala, en el área de Michoacán se vieron confrontadas la indígena ciudad de Pátzcuaro con la española Valladolid. Durante la conflictiva década que siguió a la conquista, este territorio había sido escenario de una gran violencia. Hernán Cortés había enviado a someterlo a Cristóbal de Olid, quien al llegar encontró que el cazonci Zuangua de Tzintzuntzan se había fugado. Olid intentó la fundación de un cabildo en esa ciudad pero, al igual que en Antequera, Cortés estorbó el proyecto pues le interesaba convertir la capital de Michoacán en otra de sus encomiendas. A la muerte de Zuangua en una epidemia y después de una crisis sucesoria llegó al trono Tangáxoan, quien al ser bautizado recibió el nombre de Francisco. Este cacique, aliado de Cortés y de los franciscanos, sufrió varias veces prisión hasta que Nuño de Guzmán lo mandó matar ante su negativa a colaborar con él cuando iba hacia la conquista de Jalisco. El hermano adoptivo de Francisco, Pedro Cuinierángari, ocupó entonces el cargo de gobernador. Entre 1533 y 1534 llegaba el oidor Vasco de Quiroga a visitar Michoacán con la orden de la Audiencia de castigar a los corregidores y encomenderos abusivos, como a Juan Infante, y a pactar con los señores indígenas las condiciones de una convivencia pacífica entre indios y españoles. Quiroga llevaba también el encargo de fundar una ciudad que fuera cabecera de la provincia y futuro obispado.

Tzintzuntzan, como vimos, fue elegida por el oidor como sede de lo que se llamaría Granada en 1534, pero cuando Quiroga regresó a Michoacán en 1538, ya nombrado obispo y sin consultar al virrey, le pareció que sería más conveniente fundar su capital en Pátzcuaro a la cual, “como barrio de Tzintzuntzan”, trasladó el título de ciudad. Por medio de varias concesiones, convenció a don
Pedro Cuinierángari, que era entonces gobernador, a trasladarse desde Tzintzuntzan a la nueva sede. El proyecto de don Vasco era fundar una comunidad donde convivieran indios y españoles (a diferencia de la propuesta poblana). Para llevar a cabo su proyecto, Quiroga inició la construcción de una soberbia catedral con cinco naves distribuidas como los dedos de una mano para que cada sector de la población tuviera su lugar; después fundó el colegio de San Nicolás con el fin de formar a los sacerdotes de su nueva utopía y el hospital de Santa Marta que albergaría la imagen de la Virgen de la Salud, cuya devoción se extendió a todos los hospitales del territorio fundados a instancias de don Vasco. Su proyecto encontró la oposición de una parte de la nobleza indígena, de los franciscanos de Tzintzuntzan y de algunos encomenderos.

En 1541 el virrey Mendoza se hizo eco de los descontentos con el proyecto de Quiroga y temeroso del peligro que implicaba un poder tan grande decidió fundar una ciudad española que compitiera con Pátzcuaro. A Guayangareo, la nueva capital, se trasladó el cabildo español, se le concedieron tierras y trabajadores y se le llamó “Nueva Ciudad de Michoacán”. A partir de entonces comenzó una batalla campal entre las dos ciudades por el título de capital. Desde 1545 Pátzcuaro consolidó su cabildo indígena gracias a la presencia del sucesor de Pedro Cuinierángari, Antonio Huitziméngari, culto y refinado descendiente de la familia real de Michoacán, quien gobernó durante 17 años y se convirtió en símbolo del antiguo poder de los monarcas purépechas y colaborador de los españoles en la guerra contra los chichimecas. El otro apoyo, el obispo Quiroga, en guerra abierta contra la nueva ciudad, partió a España en 1547 a defender su fundación y en su ausencia se fortalecieron las alianzas entre los frailes, la nobleza indígena y el virrey Mendoza.
Durante su viaje a la metrópoli Quiroga consiguió muchos beneficios para Pátzcuaro, trajo suficientes clérigos para conformar su cabildo catedral y un proyecto de iglesia secular. También consiguió del rey la concesión de un escudo de armas otorgado a Patzcuaro el 21 de julio de 1553: una laguna con una iglesia sobre un peñón y “otros tres peñoles” en la parte de abajo. A esta concesión original muy posiblemente el mismo Quiroga agregó la catedral, símbolo de su primacía como capital episcopal. En otra de las versiones de este escudo, dicha catedral estaba representada como un plano con cinco naves radiadas y la leyenda “Estas son las armas que dio el rey a la ciudad de Michoacán”. Para Quiroga, Guayangareo debía nombrarse pueblo pues la única ciudad era Pátzcuaro. Sin duda esta primera etapa debe ser considerada como la más rica en fundaciones de ciudades y en concesión de escudos de armas. En las siguientes ese impulso inicial se redujo, aunque no considerablemente como veremos.



Continuara...