lunes, mayo 19, 2014

Palacio de los Condes de Miravalle

TÍtulo concedido el 18 de Diciembre de 1690 por Carlos II a D. Alonso Dávalos y Bracamonte, Canciller de la Santa Cruzada en Nueva España y Caballero de la Orden de Santiago. Don Alfonso Davalos Bracamonte, primer conde de Miravalle, nació en Compostela el 22 de enero de 1645, fue hijo de Pedro Davalos Bracamonte y de María Ulibarri de la Cueva.

Es el edificio más antiguo de los llamados palacios condales en Ciudad de México y ubicado en la actual calle de Isabel la Católica No. 30, es uno de los que más transformaciones ha tenido desde el siglo XVII hasta la reciente restauración en el 2012; todavía se percibe su aspecto colonial en su fachada, digna representante del barroco sobrio, con la mezcla del tezontle en el paramento y los marcos de los vanos en cantería, y el interior del patio principal de filiación dórica, y se dice que para lograr que tuviera tal magnitud, fue necesario unir varias casas de mayor antigüedad


Lo construyó en el siglo XVII Leonor de Arias, viuda del capitán Pedro Ruiz de Haro quien hizo una inmensa fortuna con la extracción de plata en la mina del Espíritu Santo, situada en la Nueva Galicia, hoy Jalisco. En 1670 a don Alonso Dávalos Bracamonte de Ulibarri y de la Cueva, canciller mayor del Tribunal de la Santa Cruzada del Reino de la Nueva España, patrono de las misiones  en la Baja California le fueron otorgados los títulos de Conde y Vizconde de Miravalle, caballero de la orden de Santiago y limosnero del convento de La Merced, comenzando la construcción de su mansión y para lograr que tuviera tal magnitud fue necesario unir varias casas de anterior construcción.

Este antiguo palacio barroco perteneció a Don Alonso Dávalos Bracamontes de Ulibarri y de la Cueva, un canciller mayor del Tribunal de la Santa Cruzada del Reino de la Nueva España, a quien le fue otorgado el título de Conde y Vizconde de Miravalle en 1670. Era conocido también por haber sido patrono de misiones organizadas por franciscanos y jesuitas en el estado de Baja California. Llegó a reunir 275 mil pesos para dicha actividad, una cantidad considerable para la época.


Ha sido remodelada constantemente desde el siglo XVIII, por lo que desde el punto de vista de la arquitectura, es casi imperceptible identificar los rastros y detalles de la época en que se construyó. A pesar de ello todavía se percibe su aspecto colonial, ya que cuenta con muros y hermosos marcos de cantera.

Los balcones estaban protegidos con toldos rojos, destacando el central que une tres vanos por un único barandal corrido sobre el vano de acceso y las dos dependencias laterales que posiblemente fueron accesorias de las conocidas como “de taza y plato”.

La fachada remata con pináculos, versión barroca de la almena como recuerdo de las construcciones fortificadas de épocas anteriores; el gran vano de acceso es un sencillo marco de cantería adintelado con decoración a base del tema del tableteado y con el escudo de armas del marqués rasurado, flanqueado por sombras de pilastras dórico-toscanas pertenecientes a una época, cerca de unos 15 años, en que a las casonas del Centro Histórico de Ciudad de México se le restituyeron estos toldos que fueron propios de la evolución arquitectónica de estas construcciones y de los que como testimonios existen algunas ménsulas metálicas.


Fue sede de la primera asociación literaria del país, pues en 1846 alojó al Ateneo Mexicano, fundada por Ángel Calderón de la Barca, primer embajador español en México. A partir de 1850 y durante 80 años alojó al Hotel Bazar que, sin competir con el más famoso de la época, el Hotel Iturbide, era uno de los más importantes de la ciudad, siendo considerado uno de los mejores y más cosmopolitas.

En 1930 fue adquirido por Francisco Sergio Iturbe, quien transformó la totalidad del inmueble para convertir parte del hotel en su lugar de residencia y el resto en pequeños espacios comerciales, transformación por lo que se llamó al inmueble Edificio Jardín. Iturbe, amante del arte, era frecuentado por pintores y escultores del momento e incluso se convirtió en mecenas de algunos de ellos, solicitándole a Manuel Rodríguez Lozano que realizara un mural en el descanso de la escalera imperial, pintando en 1944, “El Holocausto”, de su etapa pictórica llamada “blanca” .

Este mural, de solo tres colores, blanco, azul y gris sobre fondo negro, de casi 9 x 7 metros, muestra al centro el cuerpo de un hombre tendido, quizá muerto, sobre lo que simula una lápida, acompañado por seis mujeres mirando hacia arriba en actitud suplicante y las otras tres, a la derecha, con el rostro cubierto por un rebozo, mural que representa desolación.


Francisco Iturbe también donó para uno de los jardines de Coyoacán la escultura llamada “Las Comadres”, tallada en piedra por otro de sus artistas protegidos, Mardonio Magaña, mas por el poco interés de las autoridades en su cuidado, decidió regresarla a su casa y colocándola en el descanso de la escalera.


En 1983 el inmueble sufrió múltiples transformaciones para convertirlo en restaurantes y comercios, el Bazar del Centro, desde 2007 caracterizado por contar con diversas joyerías. En agosto de 2007 el Museo de Arte Moderno en la Ciudad de México realizó la exposición “Francisco Iturbe, coleccionista”; mediante las fotografías que aparecen en la exposición, su orgullo era la propia casona donde habitaba, el mural antes descrito y algunas pinturas de caballete del mismo Rodríguez Lozano y de su discípulo Abraham Ángel, unos dibujos de José Clemente Orozco y una colección de esculturas de Francisco Iturbe nace en el seno de una familia aristocrática, con orígenes en la Nueva España desde el siglo XVII, en que se dedicaron al negocio aduanero y a adquirir haciendas, que después cambiaron por bienes raíces en la Ciudad de México, varios de ellos palaciegos.


domingo, mayo 04, 2014

Diseño de Armas

Para mi amigo Don Carlos Sánchez Islas, Diseñador Gráfico natural de la antigua Antequera, actualmente Oaxaca.


lunes, abril 28, 2014

Diseño de Armas

El día de hoy se propone el diseño de las Armas de un amigo -y guía- que comparte conmigo el gusto de la heráldica, y es especial la heráldica en México: Don José Casas y Sánchez; cuyo blasón fue Certificado por Don Vicente de Cadenas y Vicent, Cronista Rey de Armas de España, en Madrid el 21 de junio del año 2001.


martes, abril 08, 2014

Diseño de Armas (Actualización)

El día de hoy se propone el diseño de mi autoria sobre las armas de mi amigo Fernando Martínez Larrañaga, magnifico heraldista.

Esta entrada se actualiza con el siguiente dibujo:



jueves, marzo 27, 2014

Palacio de los Condes del Valle de Orizaba

Título nobiliario español creado por Real Decreto el 14 de febrero de 1627 y Real Despacho de 29 de marzo del mismo año, por el rey Felipe IV, a favor de Rodrigo de Vivero Aberrucia, Vizconde de San Miguel, señor de Tecamachalco (en Nueva España), Capitán General de las Islas Filipinas y de Nueva Vizcaya.


Ubicada en la antigua calle de San Francisco, hoy Francisco I. Madero, frente al acceso del Convento Grande de San Francisco se localiza la conocida “Casa de los Azulejos”, si bien ya hemos platicado de este lugar en una entrada anterior, es importante incluirla dentro de la recopilación de los palacios y casas señoriales que hemos venido haciendo.

Perteneciente a don Daniel Martínez, esta propiedad fue adquirida por Diego Suárez de Peredo en 1596, cuya hija contrajo matrimonio con Luis de Vivero, Segundo Conde del Valle de Orizaba. El edificio actual data de 1737, fecha en que fue reconstruido por la Quinta Condesa del Valle de Orizaba, quien había vivido durante varios años en la ciudad de Puebla de los Ángeles, motivo por el cual, probablemente decidió recubrir su casa con azulejos, característica de la arquitectura poblana del virreinato.


Por los títulos nobiliarios que ostentaba la familia, la casa debió contar originalmente con los espacios propios de un gran palacio, como: el Salón del Dosel o del Trono, el Salón del Estrado y una Capilla Doméstica, además del Salón de la Asistencia, las habitaciones, el comedor, el repostero, la despensa, la cocina, los cuartos de servicio, las letrinas, los placeres, etc.


De acuerdo con un inventario de bienes que decoraban la casa en 1740, en ella se encontraban numerosas pinturas, muebles finos provenientes de oriente, Europa y México, candiles, jarrones, objetos diversos realizados en plata, porcelana china y cerámica poblana, espejos, textiles, objetos de cristal y libros entre otros costosos objetos. Y en un avalúo realizado en 1871, se detalla que la casa estaba compuesta de tres niveles y dos patios, que el acceso principal se realizaba por la calle de San Francisco y que en los bajos se encontraban el amplio zaguán, accesorias al frente y el patio principal con una fuente. Menciona también que en el patio posterior se localizaban los lavaderos, siete cuartos, cochera, caballeriza y tres fuentes.


Recién consumada la Independencia de México, para el 27 de septiembre del año de 1821, en que se realiza la entrada truinfal a la Ciudad de México en la todavía llamada Calle de San Francisco por parte del Ejército Trigarante al mando de Agustín de Iturbide, es levantado un arco del truinfo engalanado con flores, guirnaldas y alegorías pintadas en los soportes de dicho arco que representaban al nuevo gobierno, cuya hechura y detalles fueron elborados por artesanos de la ciudad. En ese momento se le hizo la entrega de las llaves doradas de la ciudad a Agustín de Iturbide por parte del Ayuntamiento. Tal memorable suceso fue plasmado en la acuarela titulada como la Entrada del ejército Trigarante a México, de autor anónimo. A la derecha de la obra, aparece la Casa de los Azulejos, cuyos balcones lucen engalanados por terciopelos de color carmesí.


Poco tiempo después, con la abdicación de Iturbide, los títulos Condales así como demás títulos nobiliarios que fueron otorgados por el Rey de España fueron suprimidos, por lo cual los escudos nobiliarios de las fachadas fueron borrados de los palacios y las casonas señoriales de México, y en el caso de la Casa de los Azulejos no fue la excepción.

Uno de los sucesos que acontecieron en ésta casa y marcó una tragedia en sus habitantes, fue el asesinato del ex-Conde Andrés Diego Suárez de Peredo, descendiente de Don Rodrigo de Vivero a manos del Oficial Manuel Palacios, ocurrido al bajar las escaleras del patio del palacio. Tal crimen sucedió durante el Motín de la Acordada, cuando se desató el saqueo en la ciudad. Los hechos refieren a una venganza por parte de Manuel Palacios en contra del ex-Conde, quien se oponía a que Palacios tuviera una relación formal con una joven de la familia. El Oficial, una vez encontrado culpable del crimen fue sentenciado a garrote vil, ejecutándose frente a la llamada Plaza de Guardiola.


La casa continuó en manos de los descendientes del Conde hasta el año de 1871, que fue habitada por la última descendiente del título del Condado del Valle de orizaba, también en ese año se decide ponerla en venta, siendo adquirida por un abogado de apellido Martínez de la Torre, el cual fue el dueño de la propiedad tan solo por seis años debido a su muerte, por lo cual el palacio es puesto en venta de nuevo pasando a manos de la familia Yturbe Idaroff, quienes fueron los últimos habitantes en darle un uso residencial al palacio.


Don Felipe de Yturbe y del Villar, deja la propiedad a su primogénito Don Francisco-Sergio de Yturbe e Idaroff, éste realiza los trabajos de readaptación del inmueble durante la apertura de la Calle Cinco de Mayo, por lo cual la parte Norte del edificio se reduce en unos veinte metros, y en el trabajo de sus respectivas fachadas se ordena cubrir con azulejos y labrado de cantera en las molduras de las ventanas, imitando el diseño original de la Calle Francisco I. Madero.

El palacio perteneció a la familia Yturbe desde el año de 1878, pero todavía lo habitó hasta el año de 1881, cuando la ofrecieron en renta, pasando a formar la sede del Jockey Club de México, uno de los varios centros de reunión más exclusivos de la élite porfiriana, quien decidió ocupar tan imponente palacio en una de las avenidas más afrancesadas de la capital, que también comenzaba a transformarse. 



martes, marzo 25, 2014

3º FESTIVAL MEDIEVAL en la Marquesa, Estado de México

Bien dice, y con mucha razón, el Doctor Don José María Montells en su aportación para este blog: "los únicos iberoamericanos [los mexicanos] que se permitían criticar a España en presencia de un español”. No hay duda de que los mexicanos tienen un mucho de españoles. Y viceversa."

Comienzo así la entrada que se propone el día de hoy porque hablare de un evento del que se tiene poco conocimiento, y que a mi parecer, recién va tomando cierto poder de convocatoria en un México, donde a pesar del gusto, afición e ilusión del medievo, muy pocas personas y actividades se atreven a externarlo, es por eso que hoy vengo a difundir el 3º FESTIVAL MEDIEVAL, que se llevara a cabo en la Marquesa, Estado de México.

Me hace ilusión pensar que el evento pueda llegar a estar a la par de otras ferias medievales como las de Hita o la de Teruel ambas en España, o Nimega en los Países Bajos, o ya sea como la de Sedan o bien el de Peyrepertuse (ambos en Francia), de cualquier modo haré todo lo posible por asistir y ya les contare como me fue.

Aquí la información del evento extraída de su propia web:

3º FESTIVAL MEDIEVAL
Viernes 4, Sábado 5 y Domingo 6 de Abril del 2014 (3 Días)
De las 10:00 a las 20:00 Hrs.

Éste es un evento que busca recrear la época de la edad media, es un festival diseñado para disfrutar del lugar, el bosque, las actividades, los espectáculos, caballeros, combates, música, juglares, danzas, princesas, justas a caballo, aldeanos, malabares, vikingos, noche medieval, campamento con fogata, comida, cena, arquería, cetrería, torneos para chicos y grandes, juegos dinámicos, mercadillo medieval, taberna, el convivio y el arte medieval en su máxima expresión, en el bello marco en la Marquesa en el Valle de las Monjas, Entrar por el Valle Miguel Hidalgo. Edo. de México.

Asistirás a los más insólitos duelos, combates y desafíos que te transportaran a la apasionante época medieval pues Los caballeros combatirán en los torneos y justas, cuerpo a cuerpo con honor y nobleza, en busca de obtener la victoria, pues un solo caballero será el vencedor.

El evento cuenta con: Zona de Campamento segura, zona de estacionamiento, sanitarios, vigilancia, seguridad privada, zona de justas a caballo, zona del mercadillo, zona de pabellones medievales, escenario principal, juegos para niños y adultos, zona de comida, mesas y sillas. 

Dato: No hay regaderas, si deseas acampar  lleva tu tienda de campamento. La bebida alcohólica se venderá únicamente a mayores de edad con credencial de elector.  El evento es familiar, los Padres de familia se hacen responsables por sus hijos. 

El programa:




La web: http://www.mundomedieval.com.mx/festivalmedieval/

lunes, marzo 24, 2014

Investidura 2013 de la Real Maestranza de Mérida

Estos últimos días para México Heráldico han sido días de actualización y de ponernos al corriente, sin mayor justificación redacto estas ultimas entradas con el propósito de darle continuidad a este blog. 

Es por eso que el día de hoy se comparten las fotos del día 14 de diciembre de 2013, fecha en la que  tuvo lugar la XXVI Ceremonia de Investidura de los nuevos Caballeros y Damas Maestrantes, que ingresaron a lo largo del año pasado.

En esta ocasión la solemne ceremonia se llevó a cabo en la Iglesia de Santa María de La Alhambra, en Granada, España.

El acto estuvo organizado por los Caballeros y Damas Maestrantes del Bailiato Territorial de España-Sur, dirigidos por el Excmo. Sr. Don Francisco Rodríguez Aguado, Duque del Cañaveral.

 

 

 

 

viernes, marzo 21, 2014

Palacio de los Condes de San Mateo de Valparaíso


Título concedido el 14 de Agosto de 1727 por Felipe V a D. Fernando de la Campa Cos y de Cos, Alcalde de Zacatecas en Nueva España y  Caballero de la Orden de Alcántara.


Se localiza Isabel la Católica 44 y Venustiano Carranza, con cuatro siglos de existencia aproximadamente, este edificio ha adquirido mucha relevancia como un testigo mudo del transcurrir del tiempo, siendo una muestra de la transición entre la época prehispánica, el periodo colonial y el México contemporáneo. Por estos motivos, el inmueble llama la atención de quienes están de paseo por la Ciudad de México y visitan el Centro Histórico.


La Casa de los Condes de San Mateo Valparaíso fue instalada en un predio que en el siglo XVI  que fue concedido en el siglo XVI por el conquistador Hernán Cortés a Alonso Nortes, quien lo vendió más tarde a Juan Cermeño, quien se encargó de darle forma a una peculiar estructura que semejaba una fortaleza de piedra edificada con materiales extraídos de construcciones precolombinas. A partir de su construcción, el inmueble fue cedido a diversos propietarios, hasta que en el siglo XVII su historia de esplendor inicia cuando la propiedad llega a manos del acaudalado caballero José Miguel de Berrio y Zaldívar, marqués del Jaral, y su esposa, Ana María de la Campa y Cos, condesa de San Mateo de Valparaíso, quienes deciden edificar un verdadero palacio. Encomiendan la obra al arquitecto Francisco Antonio de Guerrero y Torres, arquitecto de origen español que se hizo famoso por su trabajo en el Palacio de Iturbide y la Capilla del Pocito, quien inicia la nueva construcción el 5 de diciembre de 1769 y la concluye el 9 de mayo de 1772, por lo cual era de esperarse que se obtuvieran excelentes resultados.


Dichos condes Tenían haciendas de Zacatecas (siendo la Hacienda principal la de San Mateo Valparaíso, Zacatecas), Guanajuato, Querétaro, Estado de México y casas en el D.F., tenían ganado, rastro y carnicería, tenían todo el proceso de la carne, lo que les permitía tener recursos cuantiosos, además de que como personaje fue benefactor de muchas obras de la iglesia de San Bernardo, el Colegio de las Vizcaínas, y tenía un cargo público dentro de la Casa de Moneda.

Este bello edificio colonial barroco fue ocupado como residencia señorial por más de 100 años, primero por sus constructores y luego por sus descendientes, doña Guadalupe Moncada de Fernández de Córdoba y don Manuel Fernández de Córdoba Moncada. Cuando se extinguió este mayorazgo, en 1867, la finca fue adjudicada a don Clemente Sanz. Más tarde pasó a su hija Dolores Sanz de Lavié, quien en abril de 1882 la vendió en 135 mil pesos, para oficina principal del recién fundado Banco Nacional Mexicano.

Hechas las reparaciones y trabajos de acondicionamiento para su nuevo uso, que importaron 53 mil 500 pesos, la institución pasó a ocuparla en julio de 1883. 11 meses más tarde, el 2 de junio de 1884, dicho banco y el Banco Mercantil Mexicano se fusionaron para construir el Banco Nacional de México, propietario desde entonces de esta obra maestra, cuyos méritos artísticos determinaron se le declarase monumento nacional.


De este modo, el inmueble tuvo que ser adaptado, por lo que el arquitecto Lorenzo Hidelsa se encargó de hacer leves modificaciones que involucraban la planta baja y el entresuelo, dando paso a un solo nivel en el que se albergaron oficinas destinadas a la actividad mercantil; como resultado, se conservó casi intacta la estructura arquitectónica, por lo cual, el 25 de febrero de 1932, este edificio fue considerado como un Monumento Artístico.

Sobre la arquitectura nos dice el historiador Bátiz Vázquez, el edificio tiene una elegante y sobria fachada compuesta de pilastras, o sea columnas cuadradas, adornadas de recuadros hundidos, bordeados de molduras ondulantes. Un cornisón divide sus dos pisos y da sustento a los balcones. Las pilastras sostienen la cornisa del palacio, que tiene friso convexo, lujosamente esculpido y gárgolas sostenidas por angelitos. Su portada principal luce un motivo esculpido, conformado por adornos vegetales y dos ángeles que sostienen el medallón oval donde aparece el escudo nobiliario de los Condes de San Mateo de Valparaíso.
Su escalera de desarrollo helicoidal, que se encuentra entre el primero y el segundo patio, es única en México: se trata, en realidad, de dos escaleras, la de honor y la de servicio, construidas en una sola estructura arquitectónica que resuelve el acceso a los pisos altos con gran señorío.
La azotea es una verdadera terraza, con barandales de hierro en vez de pretiles. En ella destacan las cúpulas de la capilla y de la escalera, que son del mismo corte y proporción que las de la iglesia del Pocito de la Basílica de Guadalupe, construidas 20 años después por el mismo arquitecto. En la esquina del edificio está el característico torreón coronado con la Virgen de Guadalupe, a la que eran muy devotos los condes de San Mateo de Valparaíso.


En su exterior, sobre el ángulo superior de la esquina aparece un torreón, conteniendo un nicho angular u hornacina que resguarda la imagen guadalupana, flanqueada por columnas salomónicas.

El palacio barroco, construido en sólida cantera y ligero tezontle resguarda obras de arte mexicanas, muebles de la época Colonial. Ahí podemos encontrar seis pinturas de “enconchados”, técnica ya desaparecida. La colección de arte del banco comprende lienzos del Virreinato hasta pinturas de autores contemporáneos, pasando por obras de dibujantes, acuarelistas y pintores del siglo XIX (mexicanos y extranjeros). También hay obras de Velasco, Clausell, Atl, y muestras de los tres grandes Orozco, Rivera y Siqueiros, además de otros preciados objetos.

Cabe mencionar como dato curioso, que este condado logro tener 33 haciendas y 22 capillas a lo largo del norte de México de entre ellas la hacienda más importante y la favorita del Conde, era la de San Mateo de Valparaíso, al sureste de Zacatecas, misma que devino su residencia habitual y de donde le vino el nombre a su título. Ahí construyó un palacio de majestuosas proporciones, del cual, al transcurso del tiempo, no quedó más que la fachada como testimonio de lo que fue aquel inmueble. En esta hacienda fue pionero en la Cría de los Toros de lidia de San Mateo Valparaíso que son hasta en nuestros días muy famosos.

  • Hacienda de San Mateo: Magestuosa construcción, hacienda favorita del Conde y residencia del mismo ubicada en la comunidad de San Mateo en Valparaíso
  • Hacienda de Valparaíso: Hacienda hoy convertida en palacio municipal de Valparaíso
  • Hacienda de Nuestra Señora de la Soledad de Abrego
  • Hacienda de San Ildelfonso de los Corrales
  • Hacienda del Jaral (Trasquilla de Gallinas)
  • Hacienda de Sierra Hermosa
  • Hacienda de Buenavista
  • Hacienda del Jaral
  • Hacienda del Cerro Prieto
  • Hacienda de Ordeña de MataPulgas
  • Hacienda del San Agustin
  • Hacienda de Huazamota
  • Hacienda del Astillero
  • Hacienda de San Antonio de Padua
  • Hacienda de San Antonio de Sauceda
  • Hacienda de San Juan Capistrano
  • Hacienda de Purísima de Carrilo
  • Hacienda de Torresilla
  • Hacienda la Obra
  • Hacienda de Trujillo
  • Hacienda de San Miguel


Palacio de los Condes de Heras y Soto

Título otorgado el 27 de Enero de 1811 por Fernando VII a D. Sebastián Heras y Soto, natural de Santander.


Este Palacio fue mandado construir hacia 1760 por el capitán sevillano Adrián Ximénez de Alendral, maestro, patrón y veedor en el arte de platería y de su segunda esposa María Antonia Azorín. La obra se atribuye al arquitecto Lorenzo Rodríguez.

En 1769, se celebró en la capilla u oratorio de la mansión la boda de la primogénita María Manuela Ximénez de Almendral y Azorín con el Secretario del Secreto del Santo Oficio de la Inquisición, Adrián Ximénez de Almendral mandó fabricar un pequeño palacio para que sirviera de habitación a su hija.


En 1833, la casa fue rematada por el concurso de acreedores de las propiedades de los doctores José Manuel y Miguel María Abad Ximénez Azorín, nietos del difunto platero. Esta grandiosa construcción se dividió en dos, la casa principal de la calle de Manrique 4, que daba vuelta a la calle de la Canoa, la compró el minero de Guanajuato José Miguel Septién en 34 mil pesos, y la casa contigua a la principal, o pequeño palacio de la calle de Manrique 5, la adquirió el coronel Antonio Alonso Terán.

En 1852, la casa principal fue vendida por los hijos de Septién a Tomás López Pimentel, casado con Mariana de Heras Soto y Rivaherrera, de ahí que el nombre de la casa conocida como la de los Pimenteles cambió, desde principios de este siglo, por el de casa de los condes de Heras Soto. Su hija Concepción Pimentel de Mier y Celis heredó este palacio en 1906, su hija Mariana Mier, casada con Eustaquio Escandón y Barrón, dispuso al morir que la mitad de sus cuantiosos bienes se dedicaran a obras de beneficencia, fundándose la Beneficencia Privada Mariana Mier.


Más tarde la casa fue rentada a los Ferrocarriles Nacionales de México, y fue utilizada como bodega del Express. En 1940, el patronato de la Beneficencia vendió el palacio a la Compañía Mexicana de Inversiones en 240 mil pesos, y ésta a su vez lo vendió, en 1972, a las autoridades del Departamento del Distrito Federal, emprendiendo unos años después su restauración y adaptación para albergar las oficinas del Centro Histórico de la Ciudad de México.

La casa número 5 de la calle de Manrique, hoy República de Chile, fue habitada, entre 1865 y 1869, por el historiador y hombre de letras Joaquín García Icazbalceta; posteriormente después de haber tenido diversos usos, permaneció cerrada y abandonada hasta que en 1978 pasó a ser propiedad de la Dirección de Bienes del departamento Central, que se ha encargado de su restauración. Declarado monumento el 9 de febrero de 1931.


En esta construcción se puede apreciar una pequeña placa que dice: "Aquí nació en 1780 el Conde Don Manuel de Heras y Soto, uno de los que firmaron el acta de la Independencia Nacional".

El inmueble fue restaurado para albergar el Consejo del Centro Histórico de la Ciudad de México y el partido arquitectónico original se rescató casi en su totalidad y consta de dos niveles y en realidad son dos edificios, el que corresponde al palacio principal y el otro de menores dimensiones, ambos se encuentran integrados por una sola fachada. Las dos edificaciones cuentan con patio principal, la fachada principal es una de las más bellas muestras de un fino, bello y delicado trabajo del labrado de la cantera, que se puede apreciar en los balcones, la fachada principal y el ángulo de la esquina del palacio.


A partir del 2007 la casa del número 6 es sede del Instituto de Ciencia y Tecnología del Distrito Federal.

lunes, julio 29, 2013

Los Escudos Urbanos de las Patrias Novohispanas (4 de 4)

Amigos y lectores, cumplo mi promesa de poner al corriente este sitio, así pues les comparto la última entrega de estas cuatro, esperando que hayan sido de su agrado y contribuyan a el propósito de este blog.

La etapa epigonal (1630-1780)

Para mediados del siglo XVII ya se había consolidado, gracias al desarrollo agrícola, minero y comercial, un importante mundo urbano en el centro de la nueva España, sobre todo en la región del  Bajío; por ello, algunas de sus poblaciones comenzaron a solicitar  de la Corona el título de ciudad y un escudo de armas. Para entonces todas las urbes episcopales y dos de las capitales de los reinos  norteños habían obtenido el tan deseado privilegio. Sólo quedaban  por tanto en la lista de espera aquellos centros que eran menores desde el punto de vista político o religioso, pero que poseían riqueza para pagar los derechos y los gastos que generaban tales prebendas.  Por otro lado, la Corona, cada vez más urgida de recursos, continuó ofreciendo concesiones las cuales, además del cobro de los derechos (que fluctuaba entre los 1 000 y los 3 000 pesos), implicaban una nueva entrada por la venta de los cargos concejiles.

Uno de estos poblados fue Salvatierra, el primer centro del área del Bajío que recibió el título de ciudad en 1644, con un corregimiento y un escudo de armas dividido en cuatro cuarteles. En dos de ellos aparece la cruz de San Andrés, patrono de la villa; en los otros dos se representaba un campo de trigo con tres haces de espigas que simbolizaban los tres molinos de panmoler que existían en la ciudad; el cuarto cuartel presentaba el antiguo puente de Batanes que  comunicaba el valle de Guasindeo con la nueva ciudad. 


La segunda ciudad del Bajío que obtuvo blasón y título en esta época fue nuestra señora de la Concepción de Celaya, villa fundada en 1571 sobre un antiguo poblado indígena llamado Nat-Tha-Hi,  que  en otomí significa debajo del mezquite, y que ese año se volvió sede de la alcaldía mayor que gobernaba toda la región.  La zona se pobló con indígenas otomíes y chichimecos y con españoles de Apaseo y Acámbaro alrededor del convento de San Francisco, en cuyo templo se veneraba una imagen de la inmaculada Concepción. Todos esos hechos quedaron plasmados en el blasón concedido por la Corona en 1655 siendo virrey Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque. En el óvalo del escudo, enmarcado con una banda estilizada adornada con cinco carcajes de flechas que simbolizan a las tribus indígenas sometidas, se contenían tres franjas divididas en los colores azul, blanco y rojo. En la primera estaba la  imagen de la purísima Concepción con la corona de Felipe IV y una  cueva,  en honor al nombre del virrey. La franja blanca contenía una representación de los fundadores de Celaya reunidos bajo un mezquite. Por último, la franja roja llevaba la divisa en latín De Forti Dulcedo  (de los fuertes la dulzura) sobre dos brazos desnudos (el emblema franciscano) a los que se rendían los arcos de las tribus chichimecas sometidas.


Pero de todos los poblados que recibieron título de ciudad en ese periodo fue Querétaro sin duda la más importante. La villa había sido creada entre 1536 y 1541 por caciques otomíes, por encomenderos  de Acámbaro y por religiosos franciscanos para ampliar la frontera frente a los chichimecas. A mediados del siglo XVII el emplazamiento poseía un poderoso ayuntamiento de españoles propietarios  de tierras y beneficiados por la situación estratégica que tenía la villa en los caminos que iban hacia el norte. Su situación económica contrastaba con su precaria posición política pues no era capital episcopal ni de gobernación, a pesar de que gracias a su riqueza el poblado poseía impresionantes templos y conventos. Querétaro finalmente consiguió el título de ciudad y escudo de armas el  25  de enero de 1656. En el blasón concedido por el rey aparecían representados los dos símbolos religiosos forjados por los franciscanos desde su fundación: uno, el apóstol Santiago montado a caballo;  el otro, una cruz “verde” que aparecía flanqueada por dos estrellas y con un sol en el ocaso que le servía de pedestal (figura 7). Ambos símbolos remitían a dos aspectos significativos para la ciudad: el uno, a su nombre y Santo patrono; el otro, a la milagrosa reliquia de piedra que se encontraba en el cerro de Sangremal, cercano a la urbe.


A principios del siglo XVIII el colegio de Propaganda Fide de Santa Cruz, fundado precisamente en el cerro de Sangremal y poseedor  de la milagrosa cruz de piedra, propició la leyenda de que los emblemas del escudo hablaban de un hecho prodigioso con el que se fundó Querétaro. Fray Francisco Xavier de Santa Gertrudis, con base  en un testimonio indígena, narraba cómo los ejércitos de los cristianos otomíes vencieron a los paganos chichimecas, “cuando se oscureció el cielo y en medio de la oscuridad se apareció una cruz resplandeciente entre roja y blanca y a su lado la imagen del apóstol  Santiago”.  La narración, que recordaba el legendario triunfo de Constantino en el puente Milvio, se plasmó por primera vez en 1722 en la obra La cruz de piedra, imán de la devoción, del padre Santa Gertrudis quien insistía en que una prueba fehaciente de la veracidad  histórica de la batalla milagrosa, con la que había nacido Querétaro, era la presencia de Santiago y de la cruz de piedra en el escudo de armas.


En la misma época en que Querétaro recibía de la corona título y armas, un centro minero conseguía el nombramiento de ciudad y su escudo de armas: San Luis potosí. El real de minas fundado  a  fines del siglo XVI aspiró a obtener el estatuto de ciudad por lo menos desde 1630, siendo sus promotores el grupo de españoles que explotaban el cerro de San Pedro y que controlaban la administración temporal de la Caja Real. Pero la oportunidad de conseguirlo  no se presentó hasta junio de 1654, cuando el Virrey Conde de Alburquerque dio a conocer la instrucción para beneficiar la Real Hacienda emitida por Felipe IV. En dicha instrucción se estableció, en uno de sus muchos rubros, que aquellos asentamientos que tuvieran  los méritos podían hacer posturas a la real hacienda para obtener  título de villa o de ciudad. Fue entonces que el vecindario español  de San Luis, encabezado sobre todo por funcionarios reales, impulsó la compra del título de ciudad ante Antonio de Lara Mogrovejo,  representante del rey enviado al obispado de Michoacán. El virrey, a nombre de Felipe IV, le dio el título de ciudad el  30 de mayo de 1656: “por tener la vecindad, comercio y lustre bastante  para serlo y ofrecer los vecinos servirme con tres mil pesos pagados a ciertos plazos en mis Cajas reales del dicho pueblo de San Luis Potosí”.

El mismo rey Felipe IV, por cedula del 17 de agosto de 1658, le dio a la nueva ciudad un escudo de armas como emblema: “un cerro en campo azul y oro con dos barras de plata y dos de oro a los lados de la imagen de San Luis en la cumbre”. Los dos temas eran, por tanto, el Santo Rey de Francia con su cordón de terciario franciscano y el cerro de San Pedro, lugar que había producido la riqueza argentífera y aurífera del real de minas y que le diera una fama a la altura del centro emblemático peruano, del cual el cerro había tomado su segundo nombre. 


A raíz de una real cédula del primero de junio de 1659 en que el rey ofrecía de nuevo títulos de ciudad a aquellos poblados que pagaran una cuota, los vecinos españoles del pueblo de Tehuacán solicitaron que se les llamara villa ofreciendo para ello 1 000 pesos. La  queja por parte de los caciques indios de Tehuacán, que ya estaban  organizados en un cabildo, no se dejó esperar y, alegando la vieja  prohibición de que los españoles no debían vivir entre los indios,  exigieron que fuera a ellos a quienes se les otorgara el título, y no de  villa sino de ciudad. Para ello ofrecían, además de los 1 000 pesos, otros 3 059 procedentes de un legado testamentario que le dejó al pueblo Alonso Prieto Bonilla. El rey, por medio de su virrey el duque de Alburquerque, aceptó la oferta y en 1660 concedió título y  escudo a Tehuacán, con los mismos privilegios que tenía la ciudad  indígena de Tlaxcala.

Con la concesión del título de ciudad a Tehuacán se le dio también un escudo dividido en cuatro cuarteles, cuyas características  recuerdan los antiguos emblemas indígenas concedidos en el siglo  XVI a ciudades como Tzintzuntzan y Tacuba, llenos de alusiones a la guerra y al mundo prehispánico: 

En el primero está una águila negra sobre un tunal con dos flechas en la mano derecha y otra atravesada por los pies; y al lado izquierdo tres cañas de maíz con sus espigas de oro que los naturales llaman Miagual en campo azul. Y el segundo cuartel con una águila negra en campo blanco con el pico dorado y puesto un pie dorado sobre un Teponaztle y el otro levantado agarrando dos flechas; y al lado derecho de la dicha águila un Ayacastle, que es instrumento con que tocan y bailan los naturales y poco más abajo un tambor […] y un Quesale con que bailan. Y en el tercio cuartel una mata que echa al remate y fin de sus ramas una flor colorada que en su lengua llaman Matlaxsxochitl y un pájaro picando en una flor; y al pie de dicha mata un árbol que llaman Mesquite y al lado izquierdo un castillo sobre un cerro que tiene debajo una cueva grande y cerca del dicho castillo unas piedras coloradas y blancas; y de cuatro troneras que tiene el dicho castillos salen  tres flechas por una parte y en medio de la primera […] y la segunda  sale un Maisquahuil [sic por Macáhuitl] instrumento con que peleaban  en su antigüedad […] Y en el cuarto cuartel una cabeza que esta acabada de degollar con una mano que sale por el lado izquierdo que la  tiene pendiente de los cabellos y por el lado derecho otra mano que tiene  ájido [sic por asido] un arco, y en medio de los dichos cuatro cuarteles  una cara que al parecer es, según dijeron los dichos gobernadores y alcaldes, de Chimalpopoca, cabeza de ellos y a cuyo gobierno estaban  sujetos en su gentilidad.

El escudo tenía además como timbre una imagen de la inmaculada Concepción, patrona del poblado desde que fuera fundado por los franciscanos.  


Debemos señalar que en esta etapa también hubo solicitudes que no llegaron a tener derechos plenos de ciudad, aunque ostentaban tal título, como la villa de Toluca. El cronista franciscano fray Agustín de Vetancurt trae una curiosa noticia cuando habla del convento que su orden tenía en esa “ciudad”: 

Habrá poco más de veinte años que se erigió en ciudad con título de San Joseph, con regidores españoles y alguacil mayor, que compraron los regimientos, y por ser del Marqués, que hizo contradicción en el Consejo [de indias], se mandó se estuviera sin ellos y se les volvió el dinero.

La noticia hace referencia a una fecha situada entre 1670 y 1676 y a la oposición de los descendientes de Hernán Cortés a tal fundación, dado que ellos “ponían al corregidor”, como señala el mismo  Vetancurt. La erección de una ciudad con plenos derechos afectaba su jurisdicción, pero también la de los indios que ahí vivían, “y  que  tenían gobernador de los naturales y alcaldes que cada año eligen”. 

Mejor suerte en la obtención de título y blasón en este periodo tuvo Monterrey, la capital del reino de Nuevo León, fundada desde 1585 por Luis de Carvajal, pero cuya situación precaria le dificultó obtener esos privilegios en la segunda de las etapas fundacionales. Además, a diferencia de las otras capitales norteñas, Monterrey no era sede episcopal como Durango, ni cabeza de audiencia  como Guadalajara. Nicolás de Azcárraga, caballero de la orden de Santiago, gobernador y capitán general del nuevo reino de León, inició en 1667 las gestiones para que se concediera un escudo de armas a su capital, mismo que le fue conferido por la reina Mariana de Austria, viuda de Felipe IV, por cédula expedida el 9 de mayo de 1672. En ella se facultaba al gobernador para aprobar el escudo que dicha ciudad eligiere. Aunque se desconocen los  antecedentes  del blasón adoptado por el gobernador Azcárraga, no es muy probable que haya sido el actual, aunque varios autores señalan que su uso es muy antiguo. Las características del escudo actual (un árbol junto a un indio que está flechando al sol, que surge tras el Cerro de la silla y como timbre la corona condal del virrey conde de Monterrey) no presentan ninguna similitud con los escudos concedidos en ese periodo (por ejemplo los castillos y leones o alguna imagen religiosa). El tema merecería una investigación más profunda.


La penúltima ciudad que recibió el título y el emblema fue Santa Fe de Guanajuato, cuyo auge minero a mediados del siglo XVIII motivó que el real de minas recibiera del rey Felipe V un escudo de armas y el título de ciudad en 1741. El escudo también tenía en su cuerpo un emblema religioso: la fe con los ojos vendados sosteniendo una cruz y una custodia, en recuerdo de la toma  de Granada por los Reyes Católicos, que era finalmente la conquista precursora de la de Tenochtitlan. Sin duda, parte importante de  los recursos que hicieron posible que el viejo centro minero obtuviera tan tardíamente título y escudo se debió al auge que por esas  fechas estaba teniendo la explotación argentífera en la región. Guanajuato  era entonces uno de los más ricos emporios mineros del imperio español.


Por último, en 1777 el rey Carlos III concedió a San Francisco de Campeche el título de ciudad. El escudo, dividido en cuatro partes, presentaba dos castillos que recordaban su carácter fortificado y dos barcos que hacían referencia a su situación de puerto. El escudo había sido obtenido gracias a la presencia de un poderoso grupo de comerciantes y armadores de barcos que controlaban el cabildo urbano. A diferencia de Mérida o de Valladolid, cuya sociedad encomendera  criolla estaba ya en decadencia para el siglo XVIII, los sectores privilegiados del puerto de Campeche provenían en su mayoría de inmigrantes vascos, gallegos, asturianos, canarios y catalanes, todos ellos herederos de una tradición comercial y marinera. Estos sectores recién llegados estaban ansiosos de obtener para su patria adoptiva un título y un blasón que avalara su prosperidad y sus pretensiones.  Es por demás paradójico que la última de las ciudades novohispanas en obtener su título lo hiciera gracias a las iniciativas de unos peninsulares.