miércoles, abril 10, 2013

Actualización de mis Armas Personales

Para no perder la costumbre, y como a veces puedo hacer un poco de dibujo, muestro el nuevo diseño de mis armas personales, ya me platicaran ustedes que les parecen los nuevos detalles, como el yelmo, la cresta y los lambrequines.



Hasta la próxima!

martes, abril 09, 2013

Los Escudos Urbanos de las Patrias Novohispanas (2 de 4)

Segunda entrega de la entrada Los Escudos Urbanos de las Patrias Novohispanas, las anotaciones entre corchetes son comentarios del redactor del blog.

La etapa imperial (1523-1556)

El primer escudo de armas que el rey concedió en el territorio novohispano se dio a la ciudad de México por Carlos V el 4 de junio de 1523. El ayuntamiento creado por Hernán Cortés lo había solicitado a fines de 1522 para consolidar su preeminencia en la ciudad.

[En el “Cedulario de la nobilísima Ciudad de México” (1523-1611) se lee:

“Don Carlos, por la gracia de Dios, Rey de Romanos Emperador y Semper Augusto, y Doña Juana su madre, y el mismo Don Carlos, por la misma Gracia: Reyes de Castilla de León, de Aragón, de las dos Sicilias… en nombre de Vos, el Consejo, Justicia, Regidores, Caballeros, Escuderos, Oficiales y Hombres buenos, de la Gran Cuidad de Tenoxtitlán – México, que es, en la Nuestra Nueva España, que es fundada, en la Gran Laguna, nos hicieron relación, que después, que la dicha Ciudad. Fue ganada, por los cristianos españoles, nuestros Vasallos; en nuestro nombre, hasta ahora no habíamos Mandado, dar, y Señalar Armas, y Divisas que trajesen, en sus pendones, y se pusiesen, en su sello; y en las Otras Cosas, partes. Y lugares, donde fuese necesario; y Nos considerando. Como la dicha Ciudad, es tan insigne, y Noble, y el más principal Pueblo, que hasta ahora, en la dicha Tierra, por Nos, se ha hallado Poblado, que esperamos que será, para Servicio Nuestro, Señor, y ensalzamiento de su Santa Fé Católica, y honra, acrecentamiento, de nuestros Reinos, acatando los trabajos y peligros, que en ganalla, los Cristianos y Españoles Nuestros Vasallos han, pasado, sus servicios, y porque es cosa justa, y razonable, que los que bien sirven, sean honrados y favorecidos por sus preíncipes; por la mucha voluntad que tenemos, que la dicha Ciudad, sea más noblecita y honrada, tuvímoslo por bien, y por la presente, hacemos merced, y señalamos, que tengan por Armas conocidas un escudo, azul, de color de agua, en señal de la Gran Laguna en que dicha Ciudad está edificada , y un Castillo, dorado, en medio, y tres Puentes de Piedra de cantería, y en que van a dar en dicho castillo, las dos, si llegar a él, en cada una de las dichas dos Puentes, que han de estar a los lados, un León levantado, que hazga con las uñas en dicho castillo, de manera , que tengan los pies, en el puente, y los brazos en el castillo, en señal de la Victoria, que en ella hubieron los dichos, Cristianos, y por la Orla, Diez hojas de Tuna, verdes, con sus abrojos, que nacen, en la dicha Provincia de Campo Dorado, en un escudo a tal como éste, las cuales Armas y Divisa, damos a la dicha Ciudad, con sus Armas Conocidas, por las que podáis traer, poner, e trayais, é pogais, en los Pendones, y Sellos, y Escudos, y Banderas, de ella, y otras partes, donde quisiederes, y fueren menester; e según e, como e de la forma y manera, que las traen, y ponene las otras ciudades, de estos dichos nuestro Reinos de Castilla, a quien tenemos dado armas…dad en la Villa de Valladolid a cuatro días del mes de julio,; Año del Nacimiento de Nuestro salvador Jesucristo, de mil quinientos veinte e tres años. Yo el Rey”.  Aportación del Redactor del blog.]

En él, resaltaba sobre un fondo azul, que recordaba la laguna, una torre dorada con tres puentes de piedra que llegaban a ella, sin tocarla, y dos leones rampantes en señal de la victoria de los cristianos. El escudo estaba rodeado de una orla con diez hojas de nopal verdes y carecía de timbre que lo coronara. Aunque no existen testimonios gráficos de esos primeros tiempos, es muy probable que desde fechas tempranas fuera utilizado como tal el águila sobre el nopal, que a la larga se sobrepuso como timbre o insignia al escudo de Carlos V.

En 1535 los franciscanos permitieron que los indígenas colocaran en un ángulo del atrio del convento de San Francisco una lápida esculpida que representaba el símbolo mexica de la fundación de Tenochtitlán. Sin embargo, el águila, en lugar de estar posada en el nopal emblemático, se erguía sobre una esfera poblada de casas, que simbolizaban la nueva Jerusalén, en la que se había transformado la antigua Tenochtitlán en la imaginación de los frailes.
Es un hecho que a mediados del siglo XVI ese emblema ya era utilizado extensivamente pues en una lámina del códice Osuna sobre la expedición a la Florida (1559-1560) se muestra a un capitán a caballo portando una bandera con el águila y el nopal. Es lógico pensar que al no haberse dado propiamente un acto de fundación, a causa de que existía previamente una ciudad prehispánica, se utilizara el emblema fundador de ésta desde la fecha mítica de 1315.


De hecho, el escudo español tenía tan pocas referencias a la antigua ciudad (la laguna y los nopales) que no podía funcionar más que añadiéndole el de la fundación prehispánica. En esa época Hernán Cortés también solicitó títulos y blasones para sus fundaciones de Veracruz, Segura de la Frontera, Medellín y Espíritu Santo. Salvo las dos primeras, ninguna de ellas tuvo continuidad. El de Veracruz le fue concedido por Real Cédula del emperador el 4 de julio de 1523 junto con el título de ciudad por ser el primer ayuntamiento fundado en el territorio, recién desembarcado Hernán Cortés en las playas de Chalchicueyecan en 1519. En el escudo aparecía un castillo coronado por una cruz roja, las columnas de Hércules con el lema “plus ultra” y una orla con trece estrellas. 


El mismo año se concedieron título y blasón a Segura de la Frontera, el escudo tenía un león rampante coronado y rojo, sobre campo blanco y una orla con ocho aspas doradas en campo azul. En el periodo convulsivo que vivió el territorio entre 1524 y 1530, la guerra civil y la anarquía estuvieron a punto de estallar y todos hablaban de las “comunidades”, referencia a los alzamientos populares en Castilla contra el gobierno de Carlos V. En esta caótica situación fue fundada Antequera en el valle de Oaxaca en una zona que Cortés había reservado para sí. Su primer emplazamiento, obra de Alonso de Estrada, se remontaba a 1524 y ese año se trasladó allá el cabildo de la ciudad de Segura de la Frontera, aprovechando la ausencia del conquistador en la expedición a las Hibueras. Cuando éste regresó eliminó dicha fundación, pero en 1528 el capitán se fue a España, situación de la que se valió el presidente de la Audiencia, Nuño de Guzmán, para refundar la villa de Antequera como un enclave de la corona en un territorio que el poderoso Hernán Cortes quería como su feudo personal sin reserva alguna. Para sustraerse del dominio del Marqués, el recién fundado ayuntamiento de la villa solicitó a la corona el escudo de armas concedido a Segura de la Frontera, el título de ciudad y el engrandecimiento de su fundo legal, pues las tierras del marquesado del Valle la tenían constreñida a un reducido territorio. El 25 de abril de 1532, la reina gobernadora concedió a Antequera el título de ciudad y el escudo solicitado con un león rampante coronado rodeado de una orla con ocho aspas. Ese año se le otorgó además un fundo de una legua, ordenamiento al que se opuso Hernán Cortés, quien presentó ante la Segunda Audiencia una demanda, que ganó. Tres años después, en 1535, se fundaba en la ciudad la sede episcopal que presidiría el obispo Juan López de Zárate.


Por esas fechas, y también con una azarosa fundación como antecedente, comenzó a prosperar la segunda ciudad del virreinato: la Puebla de los Ángeles. La nueva población, propuesta por la Segunda Audiencia y por los franciscanos alrededor de 1532, trajo consigo la oposición de varias instancias, como el ayuntamiento de la capital, por la competencia que Puebla significaba para México, y la de los poblados indígenas vecinos, por la cantidad de trabajadores exigidos.
También se opuso a ella el mismo obispo dominico de Tlaxcala, fray Julián Garcés, quien había solicitado convertir la sede de su capital episcopal en una ciudad de españoles, lo que se frustraba con la fundación de Puebla. El nuevo emplazamiento de los Ángeles recibiría del rey su título de ciudad el 25 de febrero de 1533. Por esas fechas también se le otorgó un escudo de armas: una fortaleza con cinco torres de oro asentada en campo verde, un río que sale de su centro y dos ángeles vestidos de blanco que la franquean sosteniendo en sus manos las letras K y V alusivas a “Karolus V”. En esta reproducción aparecía también el lema que circundaba el escudo: “Angeles suis Deus mandavit de te ut custodiant” (Dios mandó a sus ángeles que cuidasen de ti. Salmo 90, versículo 11). Este escudo tuvo un importante papel en el mito fundacional de la ciudad, construido a fines del siglo XVII en el marco del enfrentamiento entre los franciscanos y los obispos de Puebla. La leyenda comenzó a gestarse en el cabildo de su catedral alrededor de 1670 y en la narración se mencionaba que el primer obispo de la diócesis, fray Julián Garcés, había tenido un sueño en el cual Dios le mostró el sitio en que era su voluntad se fundase la ciudad. En él, unos ángeles echaban cordeles y señalaban la planta de la futura urbe “midiendo las cuadras y proporcionando las calles”. Con ello se restaba presencia a los franciscanos, los verdaderos fundadores. El cronista jesuita Francisco de Florencia, a quien se debe esta primera referencia, agregaba: “De la noticia que el dicho obispo daría al Emperador se motivó la forma del escudo de armas con dos ángeles”. Este supuesto se convirtió en un hecho histórico real cuando todos los cronistas poblanos del siglo XVIII lo repitieron hasta el cansancio y lo convirtieron en un elemento fundamental de la identidad urbana, necesario en un periodo de decadencia económica y de pérdida de preeminencia regional. 


La misma oposición que tuvo Puebla por parte del ayuntamiento de México se presentó alrededor de 1532 cuando la Segunda Audiencia autorizó la fundación de la ciudad de españoles de Michoacán, fundada por el entonces oidor Vasco de Quiroga cerca de la antigua Tzintzuntzan, la que fuera capital principal del reino purépecha. La urbe, que tenía la misma finalidad utópica de Puebla (crear un espacio mixto de convivencia pacífica entre indios y españoles), se llamaría Uchichila o Granada. A pesar de la oposición de la capital, los encomenderos de Granada, agrupados en un cabildo español, recibieron del emperador el nombramiento de ciudad en
1534 y un escudo de armas: muy posiblemente el de los tres reyes antiguos que gobernaban la provincia de Michoacán con sus cabezas coronadas y mantos de armiño. La nueva ciudad prometía convertirse en el centro político y administrativo del territorio michoacano. Con todo, como veremos, este título le fue arrebatado por Pátzcuaro a instancias del mismo Vasco de Quiroga y su prestigio como capital regional duró muy poco tiempo.


La séptima entidad de españoles que consiguió título de ciudad y blasón en este periodo fue Guadalajara. El 8 de noviembre de 1539 el emperador le concedió en Madrid un escudo con dos leones “puestos en salto” y arrimadas las manos a un pino de oro sobre campo azul. Como timbre el escudo llevaba “un yelmo cerrado y por divisa una bandera colorada con una cruz de Jerusalén de oro puesta en una vara de lanza y follaje de azul y oro”. La concesión, solicitada por Santiago de Aguirre en nombre del “Consejo, justicia y regidores”, llegó en una etapa difícil para la nueva ciudad. Su fundador Nuño Beltrán de Guzmán había elegido como capital de su reino en formación la villa de Compostela (actual Tepic). Guadalajara, de hecho, estaba fundada en un emplazamiento mucho más norteño que el actual, pero ahí sufrió varios ataques de los grupos chichimecas. En 1540, a raíz de la rebelión del Mixtón, la “ciudad de Guadalajara” que no pasaba de ser de hecho un caserío, fue devastada y tuvo que ser refundada en su lugar actual. A pesar de ser un asentamiento con escasos habitantes su importancia se acrecentó con el tiempo, aunque no el número de sus pobladores. En 1548 el obispo fundador de la sede, Pedro Gómez Malaver, prefirió esta ciudad para asentar su catedral. La villa de Compostela donde se le había destinado y en la que funcionaba la Audiencia de Nueva Galicia, no le pareció propicia para ello. Ese tribunal, sin embargo, no sería trasladado a Guadalajara sino hasta 1560. Así, esta ciudad fue un caso excepcional entre todas las urbes aquí tratadas, salvo México, pues el privilegio de tener escudo y título de ciudad se le concedió antes que en ella se fundara la sede obispal o que se obtuviera la primacía como capital del gobierno civil. 


Junto a esas siete ciudades de españoles, la Corona imperial de Carlos V concedió título y blasón a lo menos a otras seis urbes indígenas: Pátzcuaro en Michoacán; Tlaxcala, Cholula y Huejotzingo en los valles cercanos a Puebla; y San Juan Tenochtitlán y Tezcoco en la cuenca del Anáhuac. La primera urbe indígena que recibió dicho título y blasón fue Tlaxcala. A causa de su alianza con Cortés y de sus importantes servicios durante la conquista de Tenochtitlán, Tlaxcala había recibido una serie de beneficios y una categoría especial en las primeras dos décadas del dominio español. Sus habitantes no fueron entregados en encomienda sino colocados directamente bajo la tutela del rey. Entre los varios señoríos prehispánicos que la conformaban se destacaban cuatro: Ocotelulco, Atlihuetzian, Tizatlán y Topoyanco, los cuales se conservaron bajo el dominio de sus propios linajes. Alrededor de 1535 se inició la construcción de una ciudad neutral en el centro de los cuatro señoríos; en ella se nombró un cabildo, con representación rotativa de las principales cabeceras, y un gobernador, cuyo cargo estuvo controlado sobre todo por Ocotelulco y Tizatlán. 

Por esas fechas Tlaxcala conseguía también el título de ciudad por una real cédula de 1535, en la cual se le concedía igualmente un escudo de armas: un castillo con tres torres, una bandera con un águila negra sobre fondo rojo, una orla con dos palmas a los lados, dos calaveras con huesos cruzados en la parte de abajo y dos coronas con las letras IKF en la parte superior.
Este crecimiento y prestigio había sido sin duda consecuencia no sólo de los servicios que los tlaxcaltecas habían prestado a la Corona, sino también a que la antigua ciudad indígena fue confirmada como sede del primer obispado del territorio desde 1526. Al año siguiente llegaba a ella fray Julián Garcés para ocupar su cargo y se hospedó en el palacio de Maxixcatzin, recién abandonado por los franciscanos; ese lugar se convirtió por el momento en catedral episcopal y fue dedicado a la Inmaculada Concepción. Sin embargo, el obispo duró muy poco en esta sede, pues al año de su llegada adquiría propiedades en la ciudad de México donde, a partir de 1533, residiría regularmente. Aunque en 1536 se asignó en la nueva ciudad de Tlaxcala un solar para la construcción de la catedral, ésta nunca se llegó a edificar, dado que ni el obispo ni el cabildo catedralicio estaban interesados en permanecer en ella, por lo que poco tiempo después comenzaron las negociaciones para trasladar la sede a Puebla. Este hecho debilitó a la ciudad indígena.


Dos años después de Tlaxcala, en 1537, se le otorgaba categoría de ciudad a la otra urbe indígena de la zona, Cholula, que se puso bajo la advocación de San Pedro; con dicha concesión se le permitía elegir un concejo de indios nobles y “una legua por cada viento para la mediación de sus propios”. La nueva ciudad, que ya era una cabeza de doctrina franciscana desde finales de la década de 1520 y sede de un corregimiento español a partir de 1531, se convertía en la segunda concentración urbana de indios que recibía ese título, aunque al parecer el escudo de armas no le llegó sino hasta 1540. Este galardón estaba dividido en cuatro cuarteles: en el primero un aspa con dos clarines y cinco estrellas de oro en campo sinople; en el segundo estaba representada la gran pirámide coronada por una cruz púrpura; el tercer cuartel tenía un león rampante armado de espada y barreado de negro; el último representaba la acequia Aquiahuac, con matas de tule y cuatro patos.


El 18 de agosto de 1553 en Valladolid se emitía la concesión de título de ciudad y blasón para otra ciudad vecina de Cholula, Huejotzingo, sede también de un corregimiento de la corona y de un convento franciscano a lo menos desde 1532.17 En el Nobiliario de conquistadores de Indias se incluye la cédula de concesión que fue solicitada por el gobernador y cabildo del poblado indígena así como la descripción del escudo: una fortaleza con una palma dorada y una bandera azul sobre la torre del homenaje en la que está labrada una cruz de Jerusalén. La torre está flanqueada por dos leones rampantes en oro y el escudo lo rodea una orla con cinco aspas y cinco estrellas. Como timbre lleva una filacteria con la frase C.V. [Carlos V] HISPANIARUM REX. En la cédula se utiliza el mismo modelo que en otros casos de ciudades indígenas que conocemos, se dice que se otorga a solicitud del gobernador y los principales del pueblo sin especificar sus nombres (lo que si se hace a menudo con las ciudades de españoles).


La relativa claridad que tenemos sobre la fundación de ciudades indígenas en los valles poblanos no es característica de aquellas situadas en la cuenca del Anáhuac. Al parecer la primera que consiguió escudo fue la de San Juan Tenochtitlan, aunque la fecha de concesión es imprecisa. Al igual que los otros señoríos que pertenecían a la Triple Alianza (Tezcoco y Tacuba), varios miembros de la nobleza Tenochca recibieron blasones de hidalguía, pero no es claro si alguno de ellos fue quien solicitó el escudo de la ciudad indígena que rodeaba a la ciudad española. El escudo que de ella se conoce es de forma occidental, con fondo de oro, en la parte central un lago “de azur” en el cual se alza una isla con sus calzadas de color natural o terroso, con edificios de gules, bordura de oro, entronada sobre un maguey de sinople, planta de suma importancia para los aztecas.

Tezcoco presenta la misma dificultad en cuanto a documentación fidedigna sobre un escudo original concedido por el rey. Esta fue quizás la cuarta ciudad indígena que consiguió título y un escudo gracias a los servicios prestados a Cortés y a los conquistadores durante la conquista de Tenochtitlan. El otorgamiento, según algunos autores, se hizo el 9 de septiembre de 1551, aunque otros documentos hablan de una primera concesión en 1543.20 Es significativo que al año siguiente de la supuesta concesión de 1551, el virrey Luis de Velasco recibía al cacique y gobernador Hernando de Pimentel para que fuera pregonado ese privilegio en la nueva ciudad. Desconocemos cuál haya sido este primer escudo de Tezcoco, pero sin duda no era el que dio a conocer Antonio Peñafiel en 1903, el cual presenta una serie de características que no cuadran, ni con el tipo de escudos que concedía la Corona en la primera mitad del siglo XVI (en los que predominaban castillos y leones), ni con la época del otorgamiento. Rodrigo Martínez ha demostrado que el escudo de Tezcoco conocido actualmente trae alusiones a Netzahualcóyotl, y sobre todo a la Relación de la ciudad de Tezcoco de Juan Bautista Pomar (elaborada en 1581) y a la Historia de la nación chichimeca de Fernando de Alva Ixtlixóchitl (redactada alrededor de 1615), ambos textos escritos con posterioridad al supuesto escudo otorgado por Carlos V en 1551.

Sergio Ángel Vázquez, en comunicación personal, me adelantó la hipótesis de que el escudo de Tezcoco fue una elaboración realizada por el mismo Ixtlixóchitl o por gente allegada a él, frente a la ausencia de un escudo en forma, pues los caciques del XVI no se habían puesto de acuerdo sobre cuáles eran las “divisas de los antiguos señores de Tezcoco”. La más antigua reproducción que conocemos de este escudo se encuentra en el Archivo General de la Nación y está fechada en 1786. En ella, el escudo está dividido en seis cuarteles: en los tres de la derecha se representan respectivamente dos águilas enfrentadas, un sayo acolchado a manera de peto con un faldellín de plumas y un macáhuitl o macana con puntas de obsidiana, un chimalli o escudo y un huhuetl o tambor. Estos elementos están asociados, según Rodrigo Martínez, con una lámina del Códice Ixtlixóchitl que representa a Netzahualcóyotl portando dichos atributos. En la parte derecha del escudo se representan un cerro que tiene grabado un brazo llevando arco y flecha, dos torres-templo (una de ellas incendiándose) y una pata de venado con un chalchihuitl del que sale un manojo de plumas. Todos esos elementos aparecen mencionados en la Historia de la nación chichimeca de Ixtlixóchitl como los elementos esculpidos en Tezcutzingo por orden de Netzahualcóyotl. Con este personaje también está vinculado el coyote portando dos borlas en las orejas que sirve de timbre al escudo. Según la narración de Ixtlixóchitl también estaban en esas armas antiguas “dos tigres a los lados de cuya boca salían agua y fuego y por orla doce cabezas de reyes y señores”. En el escudo del siglo XVIII están esas cabezas (aunque solo son siete) y rodeándolo los dos símbolos del agua y la tierra quemada que representan la guerra.


Sobre el tercer señorío de la triple alianza, Tacuba, también existen serios problemas de documentación y muy posiblemente la concesión de su escudo estuviera igualmente asociada con los descendientes de sus señores tradicionales, pero su caso lo estudiaremos en el siguiente apartado. Hasta este momento las ciudades indígenas habían conseguido su escudo de armas por instancia de sus cabildos o de sus señores indígenas. Pátzcuaro en cambio es una excepción, pues la obtención de su título y escudo fue debida a la labor de un obispo. A partir de un enfrentamiento de intereses similar al que tuvieron Puebla y Tlaxcala, en el área de Michoacán se vieron confrontadas la indígena ciudad de Pátzcuaro con la española Valladolid. Durante la conflictiva década que siguió a la conquista, este territorio había sido escenario de una gran violencia. Hernán Cortés había enviado a someterlo a Cristóbal de Olid, quien al llegar encontró que el cazonci Zuangua de Tzintzuntzan se había fugado. Olid intentó la fundación de un cabildo en esa ciudad pero, al igual que en Antequera, Cortés estorbó el proyecto pues le interesaba convertir la capital de Michoacán en otra de sus encomiendas. A la muerte de Zuangua en una epidemia y después de una crisis sucesoria llegó al trono Tangáxoan, quien al ser bautizado recibió el nombre de Francisco. Este cacique, aliado de Cortés y de los franciscanos, sufrió varias veces prisión hasta que Nuño de Guzmán lo mandó matar ante su negativa a colaborar con él cuando iba hacia la conquista de Jalisco. El hermano adoptivo de Francisco, Pedro Cuinierángari, ocupó entonces el cargo de gobernador. Entre 1533 y 1534 llegaba el oidor Vasco de Quiroga a visitar Michoacán con la orden de la Audiencia de castigar a los corregidores y encomenderos abusivos, como a Juan Infante, y a pactar con los señores indígenas las condiciones de una convivencia pacífica entre indios y españoles. Quiroga llevaba también el encargo de fundar una ciudad que fuera cabecera de la provincia y futuro obispado.

Tzintzuntzan, como vimos, fue elegida por el oidor como sede de lo que se llamaría Granada en 1534, pero cuando Quiroga regresó a Michoacán en 1538, ya nombrado obispo y sin consultar al virrey, le pareció que sería más conveniente fundar su capital en Pátzcuaro a la cual, “como barrio de Tzintzuntzan”, trasladó el título de ciudad. Por medio de varias concesiones, convenció a don
Pedro Cuinierángari, que era entonces gobernador, a trasladarse desde Tzintzuntzan a la nueva sede. El proyecto de don Vasco era fundar una comunidad donde convivieran indios y españoles (a diferencia de la propuesta poblana). Para llevar a cabo su proyecto, Quiroga inició la construcción de una soberbia catedral con cinco naves distribuidas como los dedos de una mano para que cada sector de la población tuviera su lugar; después fundó el colegio de San Nicolás con el fin de formar a los sacerdotes de su nueva utopía y el hospital de Santa Marta que albergaría la imagen de la Virgen de la Salud, cuya devoción se extendió a todos los hospitales del territorio fundados a instancias de don Vasco. Su proyecto encontró la oposición de una parte de la nobleza indígena, de los franciscanos de Tzintzuntzan y de algunos encomenderos.

En 1541 el virrey Mendoza se hizo eco de los descontentos con el proyecto de Quiroga y temeroso del peligro que implicaba un poder tan grande decidió fundar una ciudad española que compitiera con Pátzcuaro. A Guayangareo, la nueva capital, se trasladó el cabildo español, se le concedieron tierras y trabajadores y se le llamó “Nueva Ciudad de Michoacán”. A partir de entonces comenzó una batalla campal entre las dos ciudades por el título de capital. Desde 1545 Pátzcuaro consolidó su cabildo indígena gracias a la presencia del sucesor de Pedro Cuinierángari, Antonio Huitziméngari, culto y refinado descendiente de la familia real de Michoacán, quien gobernó durante 17 años y se convirtió en símbolo del antiguo poder de los monarcas purépechas y colaborador de los españoles en la guerra contra los chichimecas. El otro apoyo, el obispo Quiroga, en guerra abierta contra la nueva ciudad, partió a España en 1547 a defender su fundación y en su ausencia se fortalecieron las alianzas entre los frailes, la nobleza indígena y el virrey Mendoza.
Durante su viaje a la metrópoli Quiroga consiguió muchos beneficios para Pátzcuaro, trajo suficientes clérigos para conformar su cabildo catedral y un proyecto de iglesia secular. También consiguió del rey la concesión de un escudo de armas otorgado a Patzcuaro el 21 de julio de 1553: una laguna con una iglesia sobre un peñón y “otros tres peñoles” en la parte de abajo. A esta concesión original muy posiblemente el mismo Quiroga agregó la catedral, símbolo de su primacía como capital episcopal. En otra de las versiones de este escudo, dicha catedral estaba representada como un plano con cinco naves radiadas y la leyenda “Estas son las armas que dio el rey a la ciudad de Michoacán”. Para Quiroga, Guayangareo debía nombrarse pueblo pues la única ciudad era Pátzcuaro. Sin duda esta primera etapa debe ser considerada como la más rica en fundaciones de ciudades y en concesión de escudos de armas. En las siguientes ese impulso inicial se redujo, aunque no considerablemente como veremos.



Continuara...

jueves, abril 04, 2013

Los Escudos Urbanos de las Patrias Novohispanas (1 de 4)

Si bien en este blog se trata de compartir todo lo referente a la Ciencia Heroica en nuestro país, no es suficiente solo el esfuerzo de un servidor, es un hecho que siempre es necesario referirnos a fuentes externas para concretar y ampliar el conocimiento. En México se dice que de heráldica se habla poco, tal vez sea cierto, pero también es cierto que existen investigaciones serias con poca atención.

Con base a lo anterior, inicio una serie de cuatro entradas que contendrán textualmente la investigación hecha por un mexicano, una investigación sin duda profunda, interesante y claro está, obligada para conocer los hechos que hacen que la heráldica deba ser motivo de preservación en la cultura Mexicana.


Los Escudos Urbanos de las Patrias Novohispanas

por Don Antonio Rubial García
Facultad de Filosofía y Letras
Universidad Nacional Autónoma de México

La palabra “patria”, tan traída y llevada en los festejos de los centenarios que nos han ocupado en los últimos años y que culminaron en el 2010, es un término antiguo que proviene de la raíz latina, pater y significa la tierra donde se ha nacido. Su sentido estaba por tanto restringido al terruño, a la ciudad nativa o adoptiva, en fin, a la identidad local. Por lo tanto, ni para los novohispanos, ni para nuestros antepasados de la primera mitad del siglo XIX, “patria” tenía la misma connotación que posee para nosotros. No fue sino hasta finales de esa centuria, época en la que se conformó nuestra moderna idea de país, que los términos nación y patria tomaron las connotaciones actuales para definir a México.

A lo largo de los siglos virreinales la conciencia de territorialidad se dio alrededor del término reino, pues en la llamada América septentrional no existía propiamente un país y las fronteras no eran muy claras ni por el norte, ni por el sur; de hecho, su delimitación en los mapas se representaba de manera incierta. Por otro lado, el reino era una extensión de la capital y, aunque no se utilizaba aún la misma palabra para definir a las dos entidades como ahora, se comenzaban a poner las bases de esa monumental metonimia que trasladó al país entero el nombre de la ciudad capital, la primera entidad urbana que construyó sus símbolos patrios y que los impuso al resto del territorio.


Entre los elementos más representativos con los que México Tenochtitlán, las demás ciudades “de españoles” y las urbes “indígenas” comenzaron a generar sus identidades locales dentro de la matriz hispánica estaban los escudos de armas. Sus principales promotores fueron los ayuntamientos urbanos que, a imitación de los europeos, solicitaron de la monarquía el reconocimiento de autonomía municipal (otorgada con el título de ciudad) y que estaba representada por ese emblema. La costumbre, nacida en la Edad Media, se consolidó desde el siglo XII dentro del marco del crecimiento urbano y la centralización monárquica; ambos sectores generaron una base de mutuo apoyo: las ciudades con sus recursos financieros y el rey con su prestigio y autoridad. En la península ibérica la concesión de escudos se vio además reforzada por la reconquista sobre el Islam, proceso en el que ambas instancias (corona y ciudades) tuvieron un papel fundamental.


Entre los siglos XII y XV la importancia simbólica del escudo de armas concedido por el rey a una ciudad reforzó la alianza entre la monarquía y los municipios y “premió” los servicios que estos daban a los reyes. El emblema, cuyo contenido a menudo era inspirado por los mismos solicitantes, era usado en las ceremonias públicas y en las celebraciones religiosas, se bordaba sobre tela o se labraba en piedra para ser colocado en las puertas de las casas reales o ayuntamientos, junto al de la dinastía reinante. En las concesiones de dichas “armas” se especificaba que podrían traerlas “en sus pendones, sellos, escudos, banderas y estandartes y en las otras partes y lugares que quisieren”. No es extraño, por tanto, que con la implantación del dominio hispánico sobre América, el otorgamiento del título de ciudad y el escudo de armas respectivo se convirtiera en uno de los reconocimientos más solicitados por las poblaciones recién fundadas, aunque también en el más excepcionalmente concedido.

Cédula Real donde se conceden Armas a la Ciudad de Puebla de los Ángeles
A menudo tales blasones llevaban como timbre (es decir como insignia colocada sobre el escudo) una corona en señal de que la concesión era hecha por el rey. A pesar de su importancia, y aunque parezca extraño, los datos sobre tales concesiones no son muy precisos y a menudo su origen se pierde en la vaguedad de fundaciones míticas, o en la narración deformada de relaciones decimonónicas escasamente avaladas por una documentación fiable. Por ello, lo que aquí presento es un avance de investigación, con una gran cantidad de hipótesis y muchas preguntas, más que un trabajo ya concluido.

Armas del Estado de Chiapas
En la Nueva España podemos delimitar tres etapas en el proceso de formación de esas fundaciones privilegiadas con título y blasón: la primera, que llamaremos imperial, se enmarcaría dentro de la política de apoyo a las primeras conquistas que Carlos V y sus ministros llevaron a cabo entre 1523 y 1556, aunque en algunos casos este primer proceso no se consumó sino décadas después. Un segundo periodo, que denominaremos filipino, abarcaría las últimas décadas del siglo XVI y las primeras del XVII y se caracterizó por el otorgamiento de ambos privilegios a ciudades indígenas o a urbes periféricas para fortalecer la ampliación de las fronteras y engrandecer su status de capitales. En la tercera época, que llamaremos epigonal (centrada en la segunda mitad del siglo XVII y las primeras décadas del XVIII), los títulos y blasones se otorgaron a varios centros urbanos menores, pero con suficientes recursos económicos, siendo la finalidad principal de la Corona paliar sus necesidades financieras, cada vez más acuciosas.

Continuara…

lunes, marzo 18, 2013

Para niños y no tan niños

Actualmente me encuentro de viaje en tierras Norteamericanas, y de pasada en una tienda me tope con estas figuritas, de las que seguro vale la pena compartir:









Saludos y nos leemos en la siguiente entrada.

sábado, marzo 16, 2013

Palacio de los Condes de Santiago de Calimaya

Ubicado sobre la avenida Pino Suárez número 30, a dos cuadras de la Plaza de la Constitución (Zócalo), fue la casa de varias familias amparadas en títulos nobiliarios que ejercieron una gran influencia en las decisiones de virreyes y obispos.


Los orígenes de esta casa se remontan al siglo XVI, cuando el conquistador Hernán Cortés repartió los solares más cercanos al Templo Mayor de los mexicas entre sus compañeros de armas y colaboradores más allegados. Tal fue el caso de Juan Gutiérrez Altamirano, exgobernador de Cuba y corregidor de Texcoco, quien recibió en dote uno de los solares mejor ubicados sobre la calzada de Iztapalapa, hoy Pino Suárez, entre otras prerrogativas. Asimismo, Juan Gutiérrez contrajo matrimonio con una prima de Cortés: doña Juana Altamirano Pizarro.

Muchos años después, don Fernando Altamirano y Velasco, descendiente directo de Juan Gutiérrez Altamirano, contrajo a su vez matrimonio con una nieta del virrey Luís de Velasco. Fernando Altamirano recibió la merced real de Felipe III en la que se le otorgó el título de Conde de Santiago de Calimaya en 1616.


Una época de auge económico y social vino para la familia Altamirano Velasco. Es posible que la edificación del palacio se haya iniciado en el siglo XVII como resultado de la alcurnia a la que entonces pertenecían.

En 1777 el palacio fue remodelado. Las obras estuvieron a cargo del arquitecto Francisco Antonio Guerrero y Torres. La fachada del palacio fue recubierta de tezontle y la portada y las ventanas con cantera a la usanza del siglo XVII.

Juan Javier Joaquín de Altamirano y Gorráez, 7° Conde de Santiago de Calimaya
En la esquina inferior derecha se incluyó una cabeza de serpiente, monolito ornamental de origen prehispánico. El remozamiento del palacio se hizo desde sus cimientos y es probable que en la excavación se haya encontrado esta figura escultórica de piedra con otros objetos. La casa se trazó en dos plantas, sin entresuelo y con dos patios como todas las casas señoriales. La capilla familiar era un símbolo de abolengo y de intensa actividad social.



Es de reconocerse el esfuerzo del arquitecto Guerrero y Torres para aprovechar partes de la antigua construcción. Los escudos de armas que coronan las arquerías del patio principal corresponden a la intención de resaltar la nobleza familiar; lo mismo ocurre con las gárgolas en forma de cañón que adornan todo el perímetro superior de la fachada.


Los leones que presiden el arranque de la escalera, así como los mascarones del portón principal tienen un aire orientalista, rasgo no muy común en la casa de los nobles. Incluso, se ha especulado sobre el posible origen de la madera y la mano de obra que elaboraron la puerta de acceso principal; se ha dicho que quizás fue traída de Filipinas por los condes. Sin embargo, la manufactura parece ser totalmente novohispana y la madera no es extraña a estas latitudes.

Otro elemento distintivo del palacio es la fuente en forma de concha ubicada en el patio mayor. El adorno principal es una nereida que toca la guitarra y mira hacia la capilla familiar. Posiblemente haga referencia a los viajes ultramarinos que realizaron los condes, como “adelantados” de las Islas Filipinas.


La capilla familiar varias veces recibió la visita de obispos y arzobispos que oficiaron algunos sacramentos que reforzaban la alcurnia de la familia: lazos matrimoniales, bautizos de los primogénitos del conde, rezos  y misas, entre otros.


Las accesorias de la casona eran quizás los lugares menos significativos para el abolengo nobiliario, pero los más representativos de la ciudad de su momento; en ellas se albergaron talleres de artes y de oficios, en donde también habitaban los artesanos y vendían sus productos.

A finales del siglo XIX, la casa de los condes de Santiago Calimaya quedó ubicada dentro del área comercial del centro y poco a poco se establecieron tiendas en los locales de la planta baja. Los herederos de este inmueble continuaron la costumbre de rentar los cuartos. Todas las habitaciones de la planta baja y las de la planta alta del segundo patio fueron ocupados por arrendatarios, reservando para la familia Cervantes, los últimos propietarios, las habitaciones de la planta alta que rodeaban el patio principal.


La importancia del antiguo palacio fue reconocida en 1931 cuando se declaró patrimonio nacional. Posteriormente, en 1960, el Departamento del Distrito Federal decretó que el inmueble se convirtiera en la sede del Museo de la Ciudad de México. Para adecuar el edificio a su nuevo uso, el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez llevó a cabo la remodelación en la que las antiguas habitaciones se transformaron en salas de exhibición.


El 31 de octubre de 1964, fue inaugurado y en sus salas se montó una exposición que mostraba didácticamente el concepto de urbe.

A partir de 2002, el Museo de la Ciudad de México emprendió un cambio sustancial en sus espacios: el arreglo de la fachada, la reapertura de la biblioteca Jaime Torres Bodet, la inauguración de la librería del Pórtico y la restauración del estudio de Joaquín Clausell.


miércoles, enero 23, 2013

Actualización de Armas

Tanto mi buen amigo Don Arturo Santoyo y Medina, Barón de Meria,  como mi otro querido amigo, Don Luis Espejo y Valdelomar, me han hecho llegar la actualización de armas del primero de ellos.

¡Enhorabuena!


martes, enero 22, 2013

Palacio de los Condes de San Bartolomé de Xala

Este palacio construido en la antigua calle de Capuchinas, hoy Venustiano Carranza 73, fue mandado a construir por don Manuel Rodríguez Sáenz de Pedrozo y Verduzco, primer conde de san Bartolomé de Xala, título otorgado por el rey Fernando VI, quien fundara su mayorazgo en 1750 y que fuera poseedor de la Cruz de la Orden de Santiago.

Se sabe que tuvo problemas con las monjas del vecino Convento de las Capuchinas, quienes se quejaron por la altura de la construcción palaciega; finalmente las religiosas perdieron el caso y la casona se levantó. Tras disfrutarla muchos años, en los que fue centro de reunión de la aristocracia virreinal, el conde se la heredó a su hija, quien agregó mas títulos al casarse con el segundo conde de Regla.

Al casarse la hija del conde de Xala con el segundo Conde de Regla llamado Pedro Ramón Romero de Terreros, el inmueble pasa a formar parte del acervo hereditario de la familia Romero de Terreros, por lo que así aparece en los registros del INAH.

El Palacio fue construido en el siglo XVIII y es un digno ejemplo de la arquitectura palaciega de la Ciudad de México. El arquitecto constructor fue el arquitecto español Lorenzo Rodríguez (nació en Guadix, Granada en 1701 y murió en la Ciudad de México en 1774)., autor del Sagrario Metropolitano y la capilla de San Ignacio de Loyola del Colegio de las Vizcaínas entre otros inmuebles.

En el siglo XIX el palacio comenzó a cambiar de manos e inició su deterioro. En 1964 el Banco Mercantil lo compró y lo vendió a un particular que lo dividio en accesorias. El palacio conserva sus tres niveles originales, la planta baja, el entresuelo y el piso noble. Su fachada está ricamente labrada en cantera y sus paños recubiertos con rojo y poroso tezontle.


Los accesos gemelos destacan por su altura y por el fino y elaborado trabajo en cantera. Los dos vanos están rematados por balcones que parecen haber sido abiertos en el siglo XIX sin decoración alguna, uno de ellos se encuentra flanqueado por dos angelitos. Seguramente sobre los dos portones se encontraban labrados los escudos nobiliarios de la familia.

El tercer nivel cuenta con cuatro vanos, tres de ellos ricamente decorados y el cuarto más sencillo. Los vanos están separados por una cruz sobre una peana realzada en tezontle negro. El tercer nivel está enmarcado por dos vigorosas cornisas, la inferior dentada y la superior entablerada.


El pretil de la azotea está formado por un pretil de arcos invertidos, que por sus características no parece ser original.

El interior es muy agradable por las proporciones que manejó el arquitecto. Su patio principal está rodeado por tres pasillos superiores, dos de ellos apoyados sobre dos enormes arcos que cubren el patio de pared a pared. La inscripción en uno de los arcos indica lo siguiente: “Se empezó esta casa en 1 de enero de 63 y se acabó en 31 de julio de 1764, la hizó el Sor Dn. Antonio Rodriz de Soria y el maestro D. Lorenzo Rodriz”.


Su amplia escalera tiene un lambrín o rodapie de azulejos y en el arranque de la escalera nos recibe la escultura labrada en piedra de un sirviente negro vestido a la usanza del siglo XVIII. Esta escultura es un testimonio muy importante para la historia de México, pues nos muestra el vestido que utilizaban los sirvientes negros en las casas de los grandes señores.


Al parecer es la única casa virreinal que cuenta con un elemento semejante. En la planta baja se localizaban el cuarto del portero, bodegas, cocheras, caballerizas y cebadero o pajar y cuartos de sirvientes masculinos.

En el entresuelo se alojaban las oficinas y la vivienda del administrador de la familia. En la planta alta se ubicaba el salón del dosel, del estrado, la recamara principal, antesala y gabinete, al oeste recamaras y tocadores, al sur la asistencia, el oratorio o capilla doméstica y el comedor. En el segundo patio se localizaban los cuartos de servicios para mujeres, cocina, repostero, letrinas y placeres.


En el patio posterior conserva aún una fuente de cantera adosada a uno de los muros. El Palacio del Conde de Xala es un ejemplo notable de la arquitectura palaciega que hicieron que la Ciudad de México fuera internacionalmente conocida como La Ciudad de los Palacios.


Actualmente, Carlos Slim Helú, presidente de Grupo Carso, y Marcelo Ebrard Casaubon, ex-jefe de Gobierno de la Ciudad de México, inauguraron un Sanborns en la Casa de los Condes de Xala, la cual fue perfectamente restaurada.



lunes, enero 21, 2013

Solemne Cruzamiento de la Real Maestranza de Caballería de Mérida (1a Parte)

Iniciamos este año con una colección de imágenes facilitadas por mi querido amigo Don Arturo Santoyo Medina (cuyas armas preceden a las antes mencionadas), referidas al Solemne Cruzamiento de la Real Maestranza de Caballería de M.N. y M.L. Ciudad de Mérida de Yucatán, llevada a cabo en Valencia del Cid, España, el 15 de diciembre de 2012, dicho evento fue organizado por el Bailiato de España-Levante, mostrando una detallada y organizada ceremonia. 

Enhorabuena para todos los Caballeros y Damas 
que recibieron su investidura
¡Guadalupe y Santiago!